DE MI PARQUE A TUS TINAJAS

Ghabriel Pérez de Holguín
(Fotos: Lien Estrada, Henry Constantín)

De mi Loma de la Cruz a tu Casino Campestre. De mi estatua de Calixto a tu Agramonte. De mi Lucía Íñiguez a tu Ana Betancourt. Yo te escribo, Camagüey. ¡Hora de Cuba! Difícil hora para todos. Pero dicen que todas las horas lo fueron. Muy aciagas debieron ser aquellas en que los comandos atravesaban las maniguas del Oriente en tácticas y estrategias por una Cuba libre de tropas españolas. Fueron hombres a los que se les unieron muchos patriotas. Con un hambre común: la libertad. Hasta que lo lograron. Liberaron a Cuba de las tiranías del siglo XIX. Y vieron llegar otras.

De entonces heredamos la hermosura de las urbes exquisitamente coloniales. Unas más que otras. Unas, con más iglesias que otras. Unas, con más plazas que otras. Unas, con más colinas que otras. Unas, con más ríos que otras. Unas y otras desbordadas de poesía. De música. De danza. De teatro. Cultísimas. Cristianas. Identificadas por la belleza de su gente y el arte de hablar con elegancia.

Las ciudades, fuertes bastiones de la República. Sus calles dando vida a los líderes de un porvenir a ratos tan frustrado. Tantas veces pospuesto. Pero siempre con banderas de esperanza. Con rituales que hablan desde la fe. Y evocan triunfos.

Como dos hermanos en la fiel narrativa veo a Severo Sarduy y a Reinaldo Arenas. Los veo salir desde sus patrias mediterráneas al mundo. Los gestos de uno y otro hermanándolos en una poética de vida. En una ética de patria. Carnavales de máscaras. Festivos. Lujuriosos. Con sus miradas puestas en las constelaciones. Y en el cuerpo del hombre. Los dos tan exiliados. Muertos de un mismo virus. En una misma soledad de hombres ajenos en ciudad grande, establecidos en las dos grandes capitales del Arte: Nueva York y París. Tan iguales los veo en su pasión por Cuba, después de haber partido demasiado temprano de la tierra nativa. Y fatalmente temprano anunciando el adiós definitivo a un mundo de lectores que en los cinco continentes reclamaban más libros. Más leyendas salidas de sus manos.

De historias y literaturas semejantes trazaron un camino libertario. Marcaron una pauta.

Nadie ignore que sus voces fueron escuchadas. Y ahí están los sueños.

Dos ciudades deudoras. Y un legado. De parques que le ofrecen descanso al caminante. De tinajas que anuncian como calmar la sed.

Dos ciudades cuentan sus mitos y leyendas que trascienden los siglos: Hora de Camagüey. Hora de Holguín. ¡Hora de Cuba!

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