DE LAS PEQUEÑAS PROTESTAS SOCIALES

Mario Ramírez
Fotos: Movimiento San Isidro, Diario de Cuba, EFE, ABC

El 2019 marcó un precedente en el arduo camino para alcanzar valores democráticos en Cuba. El mayor alcance del internet en la isla fue quizás el máximo responsable de estos éxitos que se fueron acumulando de a poco. Hace un año la comunidad LGBTI protagonizó una de estas protestas sociales, a mi juicio, efectiva, en tanto que logró dinamizar un sector de la sociedad que permanecía adormecido y remover la influencia que el poder ejercía perniciosamente sobre ese sector. Esto, hace una década, era poco menos que impensable.

Para los que cifran sus esperanzas —y desilusiones— en la protesta masiva, con una convocatoria absoluta que movilice al pueblo, y peor, para aquellos que profetizan la violencia como la única alternativa en pos del cambio, permítanme decirles que en la actualidad, y desde hace un buen tiempo, son las pequeñas protestas, de grupos minoritarios no violentos, las responsables de la mayoría de los cambios sociales y políticos a nivel global. Así lo prueban las luchas por derechos raciales, las marchas de mujeres, los ambientalistas con su reciente Rebelión Contra la Extinción, encabezada por la activista sueca Greta Thunberg, los defensores de los derechos animales, los activistas LGBTI, y un largo etcétera.

El afán por encontrar el número de oro de las luchas sociales, la cifra que garantiza el éxito de una demanda masiva, ha sido objeto de estudio de matemáticos, físicos y sociólogos en los últimos tiempos. La evolución en esta área de investigaciones ha sido sorprendentemente rápida, tal vez impulsada por la acumulación de evidencia que trae aparejada el incremento de protestas y la intensidad y alcance de estas en el siglo que vivimos. Al mismo tiempo, los resultados alentadores de estos estudios han motivado nuevos movimientos populares. Tal es el caso de la tesis de las sociólogas Erica Chenoweth (Universidad de Harvard) y Maria Stephan (Centro Internacional de Conflicto No Violento) publicada en el libro “Why Civil Resistance Works: The Strategic Logic of Nonviolent Conflict” (¿Por qué funciona la resistencia civil: la lógica estratégica del conflicto no violento?), que reúne unas 323 campañas alrededor del mundo, violentas y no violentas, para llegar a dos importantes conclusiones:

Primero: las probabilidades de éxito de los casos no violentos duplicaron a aquellos en que fue empleada la violencia (53% contra 26%).

Segundo: la participación activa del 3,5% de la población fue suficiente para asegurar el éxito.

A simple vista este ligero porcentaje pudiera impresionar a muchos. Pero téngase en cuenta que, solamente en Cuba, ese número entrañaría el compromiso de más de 385000 personas. A decir verdad, la mitad de las personas que se opusieron a los cambios en el proceso constitucional del año pasado, y mucho más de las que mal gobiernan este país. A esa dificultad de convocatoria habría que sumar dos factores que afectan particularmente el desarrollo de la resistencia civil en nuestro país: la ausencia de unidad o el menoscabo de esa unidad, y la renuencia al cambio de un sector opuesto específicamente a esa demanda.

Con todo, las protestas de las minorías en Cuba han resultado exitosas. Muestra de ello es la que hoy conmemoramos, llevada a cabo por la comunidad LGBTI de manera independiente; la batalla de los artistas e intelectuales que terminó paralizando el decreto 349; la manifestación de los llamados “animalistas”, que devino en la confección de un proyecto de ley para incluir muchas de sus propuestas o las rebeliones del sector cuentapropista y de los transportistas privados, entre otras. Todas ellas, de forma pacífica, en ocasiones hasta diplomática, contribuyeron a desmitificar varias de las tendencias popularizadas por la ideología del régimen totalitario de la isla, y eso es ya, a mi modo de ver, una victoria.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *