NOMBRAR LAS VÍCTIMAS DEL CORONAVIRUS: MÁS ALLÁ DEL TABÚ

Mario Ramírez
Foto: Iris Mariño

El pasado domingo el diario estadounidense The New York Times causó sensación al publicar en su portada los nombres de los casi 100 000 fallecidos durante la epidemia de la COVID-19 en el país norteño. Con un titular que calificó de “incalculable pérdida” a la tragedia, se dio paso a la lista que continuó en las páginas interiores de esa edición. Pero lo que sin dudas tuvo más impacto fue la manera emotiva de presentar a quienes consideraron más que simples nombres en una lista y que creerá tendencia en el modo de tratar el asunto de ahora en adelante.

“Marion Krueger, 85 años, Kirkland, Washington, bisabuela de risa fácil”… “Florencio Alamazo Morán, 65, Nueva York, un ejército de un solo hombre”, etc., son algunos ejemplos de este registro que ha humanizado el —desde hace rato— tabú de divulgar los nombres de las víctimas del coronavirus.
Este asunto ha preocupado desde los primeros partes informativos a medios de prensa y organismos de salud por igual. Y aunque el gesto del New York Times clasifica como el de mayor connotación por el número de casos y el protagonismo del país que representa, no es el primero ni el único en haber empleado un método, digamos, humano, menos estadístico, para reportar los decesos.

En abril pasado El Diario español publicó un titular: “Delfina, Atanasio, Casimiro…los rostros de los miles de fallecidos en residencias golpeadas por la pandemia” en el que de forma conmovedora y con anécdotas personales se acercaba al fenómeno, revelando no solo la identidad de las víctimas sino además el relato de sus familiares y la huella dejada en sus comunidades de residencia.

A pesar del acuerdo de la Organización Mundial de la Salud en el que todos los países miembros se comprometían a resguardar la identidad de los pacientes, poco a poco varias naciones han ido descongelando esta política, que según especialistas no atañe a los medios de comunicación. Así lo estima el abogado y profesor universitario Pedro Anguita al ser consultado por La Tercera, de Chile, quien hizo extensivo el derecho a aquellos países cuyas leyes de prensa protegen la libertad de expresión de sus periodistas. En Estados Unidos la polémica tomó matices cuando en el origen de la pandemia, el gobernador de la Florida, Ron de Santis, declaró la existencia de una hipotética ley estatal que prohibía la difusión de datos de los casos, como reseñó ese artículo de La Tercera (“Coronavirus: ¿Por qué no se divulgan los nombres de los pacientes?”).

Lo cierto es que actualmente no solo los medios de prensa, sino páginas de información interactiva como Wikipedia, publican extensos listados con nombres de fallecidos a causa del SARS Co-V2. La única restricción que se exige es la confirmación de la veracidad de los datos mediante el contraste de fuentes confiables y legales. Así podemos consultar un actualizado “Anexo: Fallecidos por la pandemia de enfermedad por coronavirus 2019-2020” en la citada Wikipedia, encabezado por Liang Wudong, paciente de 60 años de Wuhan, China, quien pereció el pasado 25 de enero.

Otros sitios han aprovechado la mediatización de la pandemia para hacer públicos los casos de decesos de famosos, como puede verse en El Desmarque, de España. Mientras tanto, sistemas de salud pública, como el de Ecuador, han decidido no solo dar a conocer las identidades sino precisar, mediante bases de datos, para familiares y personas interesadas la ubicación exacta de los camposantos y nichos donde descansarán los restos de los “hermanos fallecidos”, según dijo en un tuit el 6 de abril el presidente ecuatoriano Lenín Moreno.

Cuba, a qué decirlo, es uno de esos países en los que la información al respecto está monopolizada —y no necesariamente por sus organizaciones de salud—, si bien Cubadebate fue uno de los tantos medios que reseñaron la enternecedora iniciativa del diario neoyorquino este domingo. No sabemos si algún día se nos dará cuenta de los nombres de nuestros ya más de 80 hermanos fallecidos. Por ahora, en medio del dolor, en casa, queremos parafrasear a nuestros colegas al referirnos a los muertos y creer que, en efecto, “ellos somos nosotros”.

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