LA (MALA) ATENCIÓN A EMBARAZADAS EN UN HOSPITAL CUBANO

Texto y foto: Freyser Martinez

Cuando recibes un mensaje de texto de alguien a quien esperas, piensas que quizás surgió un imprevisto que le impedirá reunirse contigo, máxime si esa persona vive lejos y viene a un turno médico. Pero lo que me pidió mi amiga, Sulema de la Torre López, fue todo lo contrario. Ella está embarazada de seis meses, vino desde Sibanicú a practicarse unos exámenes al hospital conocido como «El Centenario” de la ciudad de Camagüey y se encontró con la amarga realidad de que no había jeringuillas desechables.

Tras sufrir dos intentos fallidos de abordar la vena de su brazo con una aguja despuntada, a media mañana y quedándole una última prueba, me envió un mensaje esperanzada de que tuviese una jeringuilla decente en casa. Yo, en un viaje al extranjero había comprado artículos médicos necesarios en Cuba, como previsión. Así que pude ayudarla.

Este suceso contrasta con lo que vemos y leemos en la prensa oficial. Casualmente en la noche, mientras escuchaba las noticas en el noticiero estelar, se hablaba de la “gran atención” a las embarazadas en un hogar materno de la ciudad de Matanzas. Un reportaje de la periodista Eliane Táboas Merino, quien aseguró que “En época de pandemia se incrementan los cuidados tanto para los pacientes como para el personal que labora en ese hogar. Las medidas higiénico sanitarias resultan labor de todos los días… Cuidar de las embarazadas y sus futuros bebés se convierte en una de las prioridades del sistema de salud…”

La realidad, en cambio, parece muy distante, según la experiencia de Sulema en el centro de salud agramontino. Cuando ingresó al hospital —que no fue fácil, según me cuenta mi amiga— había una fila de embarazadas sentadas en la acera. En ese caso uno se preguntaría si es que no hay suficientes asientos en el salón de espera. Pero no era el caso. La falta de ventiladores en el interior obligó a esas pacientes a salir en busca de aire fresco. Las mismas estaban sentadas en una superficie que podría estar contaminada, ninguna estaba respetando la distancia y algunas no usaban su mascarilla. La preocupación de Sulema aumentaba por la exposición al contagio de la COVID-19, enfermedad de la cual se ha comprobado que el embarazo constituye un factor de riesgo. Claro está que en un caso como este dos fuerzas hacen presión: el calor en el interior de la sala y la indisciplina de las pacientes, pero ¿dónde estaba el personal de salud responsable por ellas, al menos en el momento de la consulta médica?

Cuba, un país cuyas prestaciones de servicio en otras naciones, para nadie es secreto, recaudan cifras estimables, se desentiende del correcto funcionamiento de sus centros de atención. Nada, como dice el refrán: “candil de la calle, oscuridad de la casa”.

Al final mi amiga soportó el recio calor y las malas condiciones de la clínica y, socorrida por las jeringuillas que le facilité, pudo regresar a su municipio más tranquila. Por lo menos ella resolvió y ahora la esperaba el precario transporte habilitado para el traslado a la cabecera municipal.

A uno solo le resta preguntarse qué habría sido de las otras pacientes, sin jeringuillas.

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