EL MODELO ECONÓMICO CUBANO, ¿EFICIENTE?

Texto y foto: Ricardo Fernández Izaguirre

En el programa «Entrevista», de la cadena Russia Today, trasmitido en la tarde del pasado lunes 20 de abril, por la televisión cubana, el viceprimer ministro y ministro de Economía de Cuba, Alejandro Gil, trató de presentar el sistema económico cubano como un éxito, en contraste con la situación actual de desabastecimiento que vive el pueblo. «Tildar el modelo económico cubano de ineficiente es un absurdo», aseveró en su apología, después de usar el manido truco de culpar al embargo económico estadounidense del decrecimiento que vive la economía del país.

«No lo hacemos todo con una visión de ingresos, hay muchas cuestiones que se hacen en el país bajo un patrón social y se invierte mucho dinero en conquistas de la revolución (…) que forman parte de nuestro propio modelo», dijo el ministro de Economía y subrayó: «Un modelo económico ineficiente no hubiese podido alcanzar los niveles de desarrollo social que tiene nuestro país».

A pesar de que no soy economista, ni mucho menos, me saltan algunas preguntas: ¿A qué nivel de desarrollo social se refiere? ¿Cuáles son sus indicadores? El ministro habla de un pueblo que rompe a diario la cuarentena, impuesta para evitar el contagio del COVID 19, y se suma a las largas colas en busca de alimentos, porque la necesidad pesa más que el miedo a la muerte.

Si el ministro se refiere al nivel adquisitivo de los cubanos, lamentaría informarle que el precio de la mayoría de los alimentos se ha duplicado en el último mes, mientras que muchos más han desaparecido o se sumergieron en el mecado informal, dejando en peor situación a los más vulnerables de la sociedad, que además son los que presentan mayor riesgo de morir si se contagian del coronavirus.

Entre los alimentos que subieron sus precios en Camagüey están la calabaza, que subió de 2 a 5 pesos la libra; la malanga, que de 8 pasó a costar 15 pesos; el plátano burro, que subió de 2 a 4 pesos; el frijol negro, que pasó de los 10 a 16 pesos por libra; y la guayaba, que de 4 subió a 10 pesos.

Entre los que desaparecieron, el que más golpea a las familias camagüeyanas es el arroz y de los que pasaron al mercado informal el más buscado es la carne de cerdo, que pasó de costar 25 pesos, a 50 por cada libra.

En otro momento de su discurso el viceprimer ministro aseveró: «Nosotros podemos, con la capacidad que tiene el modelo de economía socialista (…) implementar medidas diseñadas en nuestras condiciones, que den un resultado más positivo que el que puede obtener una economía de mercado». Para ejemplificarlo puso como ejemplo la última subida de salarios que, según él, no provocó inflación ni devaluación de la moneda.

Pero, la realidad vuelve a ser aplastante y me remito a una frase que he escuchado bastante en estos tiempos de aislamiento, sin importar el color político de quienes la expresan: «el dinero no vale, porque aunque lo tenga no puedo comprar lo que necesito», y es que ya no sólo la carne de pollo, o los pañales desechables, el detergente, y el perfume, lo que desapareció de las tiendas recaudadoras de divisas. A la larga lista se sumaron muchos otros productos como el aceite y la leche en polvo.

Según el ministro de Economía, una de las soluciones está en «Potenciar más la empresa estatal», al tiempo que explica: «Aún con las restricciones, el sector no estatal tiene un marco más flexible que el sector estatal y muchas veces, cuando comparamos la eficiencia decimos: es más eficiente este servicio, esta producción, en el sector no estatal que en el estatal, lo que se debería hacer es pasarlo todo al no estatal. Pero nosotros decimos: primero vamos a tratar de igualar las reglas del juego (…) porque los entornos monetarios son diferentes».

¡Y resulta que para el señor ministro, los cuentapropistas son los que juegan con ventaja en la economía cubana! Según él, el sector privado tiene mayor libertad por no estar atado a los planes centralizados de la economía, pero el dato que omite el ministro es que, precisamente por eso queda fuera de las subvenciones que el gobierno asigna a los insumos y materias primas del sector estatal.

Por sólo poner un ejemplo, el precio del litro de diésel para empresas estatales ronda los 2 pesos en moneda nacional, mientras que los transportistas privados tienen que comprarlo en precios que llegan a los 25 pesos por litro y en las expendedoras de Cuba Petróleo (Cupet) porque de lo contrario, pueden enfrentar incluso prisión por delitos de receptación.

Entonces, sobre el joven sector privado recae, una vez más, la culpa que justifica el acoso de los inspectores y la represión en todas sus aristas, porque ha demostrado ser eficiente.

Hago mío el criterio expresado por Dagoberto Valdés, director del Centro de Estudios Convivencia, en su columna del lunes: «Que Cuba no tenga liquidez para satisfacer las necesidades básicas no es responsabilidad de los ciudadanos. Que los campesinos no tengan libertad ni el estímulo para sembrar, acopiar y comercializar al precio que le suponga ganancia sin abuso, pero sin topes voluntaristas, no es responsabilidad del ciudadano.

Que por la televisión y la radio, por las redes sociales y otros sitios oficiales, estén echando sobre los ciudadanos, culpabilidades y responsabilidades que son inherentes a las decisiones políticas, económicas y de relaciones internacionales (…) se acumula y daña a las personas.»

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