UN VIAJE A SIBANICÚ

Texto y fotos: Freyser Martínez

Estuve siete meses sin ver a mi familia de Sibanicú, cuatro por cuestiones de trabajo y tres impuestos por la cuarentena. Decidido a no esperar más, salí el domingo hacia la terminal de Ferroómnibus de Camagüey. Ya me habían dicho que el transporte intermunicipal estaba funcionando. Al llegar, a las 5:00 am, solo vi dos camiones y una larga cola.

Algunos viajeros estaban sentados en la entrada de la terminal, recostados a los bultos. Al parecer llevan mucho tiempo. No me gusta sentarme en la acera, la terminal siempre ha sido un lugar sucio y de una mezcla de olores que provocan náuseas. Adentro, aun cuando no amanece, hay calor. Prefiero escuchar música en mi móvil. Me coloco los audífonos y me sumerjo en mi mundo.

A las 6:30 am me percato de que hay grupos de personas en el andén. Las experiencias en las colas me han hecho ser suspicaz, me dirijo a un señor y le pregunto dónde abordar el montón de hierro rodante, o sea, el camión.
«Se hace la cola en el andén» dijo al tiempo que prendió un cigarro.

En fecto, había una cola. Los que esperan para Guáimaro, son los mismos que están para Las Tunas y todos los tramos que forman parte del trayecto. Las personas pagan pasaje completo hasta el último destino, aunque se queden en La Norma o Sibanicú, que es solo un tercio del viaje hasta Las Tunas. Para estos pueblos aún no hay transporte específico en ese horario.

A las 7:00 am el agua del río se junta con la del mar: los que aguardaban afuera tenían su propia cola y los del andén otra. Entre disputas y escándalos matutinos hice el número 27 y pude, finalmente, abordar.

La primera parada fue en el punto de control de la policía a la salida de Camagüey. Como si estuviéramos en una guerra o cruzando una frontera, ellos tocan todos los bultos, cuestionan, miran con cara de pocos amigos.

Un rato después por fin veo la entrada de Sibanicú, mi pueblo de origen, un paisaje que jamás cambia, solo los colores de las fachadas, con su pintura opaca. Unos maceteros que han colocado en cada poste del alumbrado público, en la avenida que da inicio al pueblo, lucen enormes, fuera de sitio, y no tienen plantas en el interior.

Luego reconozco a los pobladores, como si los años no pasaran, como un ritual sagrado, a la misma hora, en los mismos lugares, más viejos sí, pero como si el tiempo se hubiera detenido.

Siempre me gusta deambular un poco por el pueblo, por sus calles anchas, polvorientas y vacías. Es curioso, en Sibanicú no existe un mercado. Solo quioscos que están distribuidos a lo largo de la calle Frank País. Espacios de venta improvisados, casi todos cerrados. Entonces me cruzo con antiguos conocidos y pregunto. “En el pueblo no hay viandas, no hay ni ensaladas”. Me cuentan que llevan mucho tiempo usando el pan de la cuota para acompañar las comidas.

Entonces pienso en este pueblo en el que en años las autoridades no han encontrado un espacio para organizar un mercado. La agricultura ha muerto y la prueba es ver el desabastecimiento que entristece. Camino por las mismas calles que hasta hace ocho años conocían cada una de mis pisadas, ahora calles destruidas. Otras muchas nunca se pavimentaron. El acueducto fue sueño, aun cuando se cuenta con un embalse, “La mañana de la Santa Ana”. Sin embargo, sí hubo recursos para construir una plaza de la Revolución desde cero, hace algún tiempo, y una unidad nueva de la policía, hace poco.

Sibanicú no tiene hospital, pues el proyecto se quedó en policlínico y jamás se terminó. Las calles en su mayoría quedaron sin asfaltar y el marabú se adueñó de los campos. En las vaquerías de lo que sería “el elefante dorado de la economía”, “la cuenca lechera”, cada viga descansa en los cimientos de alguna nueva casa que se construyó. Peor aún es la vida en las comunidades Oriente Rebelde, Villa Feliz y Lumumba, que son profundos Macondos a más de cien años de soledad.

Ya en la casa de mis familiares, a la que traje por intuición viandas y ensaladas desde la ciudad, disfruto un café que ellos han comprado. Vuelve la etapa del sigilo y de abrir la pila del agua, cuando de compras se habla. Todo se vende en el mercado negro, pero con extremo cuidado porque “nadie sabe quién es nadie”.

Intento conectarme a Internet y me dicen que allí, en el municipio que no hace tanto inauguró una emisora de radio, no es posible la 4G, aún no ha llegado, y me percato que tampoco la cobertura para llamada de voz es buena.

También supe de las interminables colas durante la cuarentena y del maltrato de la policía local. “Son unos perros”, me dice el pariente. Alguien dejó escapar que por eso, por tantas quejas de la población, ahora investigan a más de uno de esos policías de los que al parecer no saben que están para cuidar a las personas.

A mi regreso miro al pueblo que me va quedando atrás y ya no veo la alegría de otros años. Dos borrachos revolcados en un portal muestran que las once cantinas existentes en la reducida área del centro sí funcionan. El deterioro material y espiritual que siento cada vez que vengo, me entristece. Hace días descubrí un lugar en Facebook donde sibanicuenses postean memorias de otros años. No creo que lo hubiesen tenido todo, hemos vivido en una profunda y única crisis en Cuba de generación en generación, pero esos recuerdos, aún así, muestran un pueblo muy distinto del que se ve hoy.

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