REVENDEDORES Y COLEROS: EL NUEVO BLANCO DEL OFICIALISMO CUBANO

✍🏻 Freyser Martínez.
📷 Mario Ramírez.

Haciendo Cuba es un programa de la televisión cubana donde se abordan debates de actualidad; claro está, siempre desde la única mirada del oficialismo y su interés en proteger al régimen que representa. Anoche la reflexión giró sobre los “revendedores” o “coleros”: ¿un tema nuevo en la isla?

La crisis en nuestro país no es algo que afloró con la pandemia de la COVID-19, a pesar de los esfuerzos de sus analistas por hacerlo ver así. Desde el pasado año comenzó el marcado desabastecimiento de productos de primera necesidad y las medidas desesperadas del régimen por suplir estas carencias o estirar los recursos cada vez más escasos. Tope de precios, mercado negro, revolico, entre otros sintagmas estuvieron y están en el orden del día de compradores y comerciantes en Cuba. Agricultura estancada, desabastecimiento, doble y hasta triple moneda con el detrimento del peso cubano convertible (CUC) se suman a esa pléyade del sin sentido de la economía cubana.

Los revendedores, o sus intermediarios —en ocasiones coinciden— coleros, son el nuevo blanco de periodistas como el conductor de ese programa televisivo, que ya no necesita echar mano a la vieja carta del bloqueo estadounidense para demostrar la inocencia de sus jefes. Pero, ¿quién creó a los revendedores? ¿No es esta una nueva clase social, minoritaria, venida a acaparar los productos de una mayoría sin acceso al recientemente abierto mercado en dólares? ¿De quién es, entonces, la culpa?

No pretendo justificar a los revendedores, pero me parece cínico acudir al discurso de los valores éticos y morales del socialismo cuando sin ninguna ética ni moral, y sin consulta popular, se le ha dado un tiro al valor tan parangonado por ese sistema: la igualdad social. Este tipo de conducta, ciertamente lamentable, no tiene que ver con eso, y soy de la opinión de que detrás de esta absurda maquinaria se esconde algo más. ¿En verdad quieren acabar con los coleros, cuando estos les garantizan que los productos asequibles solo a una élite lleguen al resto de la población de una forma u otra? ¿No sería más fácil acabar con las colas? Aceptar que simplemente somos un país arruinado y que nuestra moneda carece de valor comercial. ¿O se trata de, como se dice por ahí, “ir tirando”, hasta que el turismo se recupere y reestablecer algo de la producción nacional antes de que ocurra una catástrofe?

Este doble juego, con guiños al vecino del norte y supresión del gravamen sobre el dólar, no ha hecho más que acentuar las diferencias en un país desde hace tiempo dividido. Los periodistas estatales dan su parecer, las autoridades implementan leyes cada vez más represivas, presenciamos operativos policiales y procesos judiciales contra lo que se ha etiquetado como “acaparador”, un término que bien pudiera imputársele, con mayúsculas, al Estado cubano.

La reflexión de Hacemos Cuba, para mí, carece de valor periodístico o analítico, en tanto que no contrasta fuentes, no hay una investigación más allá de lo que su conductor supone —llega a preguntarse por el tamaño del refrigerador en la casa de un colero— o de las leyes que acata sin chistar; jamás se cuestiona por la opinión de uno de esos revendedores, entre los cuales quién sabe cuántos profesionales no habrá. Lo que sí hay es un alarde de esos mecanismos de control, a la larga convenientemente ineficaces, de los poderes de la represión, estímulos a la delación ciudadana, o las palabras de un frustrado mandatario culpando al mismo imperialismo que sustenta sus negocios. ¿De qué manera es esto “hacer Cuba”?

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