DEMOCRACIAS AJENAS PARA SISTEMAS VACÍOS

✍️ Noel Alonso Ginoris
📷 Yunier Gutiérrez

Estados Unidos está en elecciones presidenciales. Un enorme porciento del país está participando, no solo con su voto/voz, sino también desde el diálogo, el argumento, a veces desenfrenado y fanático, pero desde el derecho más elemental: la libertad de expresión.

Se ha vivido intensamente estos días, muchos observan las elecciones en Estados Unidos mientras buscan ver su voto reflejado en el resultado, otros observan el performance, la elocuencia, los programas presidenciales. El mundo entero espera. La paciencia está de moda.

¿Qué pasa en Cuba?

Los cubanos andan asomados a las urnas americanas, como si se tratara de su propia experiencia democrática; claro, a falta de sinceras libertades de elección, y por esa fe puesta en un gobierno ajeno, se han encontrado en esas elecciones una salida a la paupérrima situación de la isla. La dicotomía americana es también dicotomía para Cuba. Ambos programas presidenciales tienen un apartado dirigido a las relaciones con la isla y, aunque aquí la prensa oficial, con sus composiciones infantiles y maniqueas a la hora de informar sostiene toda la gramática ideológica y dirige la expectativa al candidato demócrata, es cierto que en el pueblo se levantan sospechas por ambos partidos americanos.

Donald Trump ha dicho que su misión para con Cuba será la destrucción de la dictadura castrista, pasada a manos de un personaje llamado Miguel Diaz-Canel. La estrategia de Trump sería la asfixia, cancelar las entradas de dinero a la isla y alentar al resto al bloqueo económico de Cuba. Se insinúa, además, que las dinámicas internas serían tan hostiles que pudieran generar un estallido social en contra del gobierno.

Con el programa de Biden se pretenden restablecer las relaciones, la unicidad de las gentes de la isla con sus familiares emigrados a través de las remesas. Otra idea del candidato demócrata es congelar algunas cláusulas del anquilosado bloqueo (herramienta retórica con la que el gobierno cubano ha justificado el empobrecimiento sempiterno de la isla).

¿Cuáles son las leyes que podría aprobar Biden para que se legitime la iniciativa privada en Cuba, la libertad de expresión, la libertad de movimiento, las libertades elementales; la producción de alimentos, el sustento, los productos de primera necesidad? ¿Es que acaso, si Biden gana, cesarán las mulas (esas que viajan de país en país, que sostuvieron una buena parte de la economía); acabarán las enormes e interminables filas para comprar los eufemísticos módulos (las bolsas sorpresas completadas aleatoriamente con los productos del momento); disminuirán las detenciones arbitrarias, los actos de repudio, y toda dinámica de terror?

La situación no tiene que ver con Biden o Trump, o con el partido que salga en Estados Unidos. Ese ha sido nuestro mayor problema, heredado de Fidel Castro: poner nuestros ánimos al servicio de una guerra contra la nada, la nada que siempre es norteamericana. Constituimos al enemigo, lo llenamos de símbolos para reconocerlo y a la vez diferenciarlo de nosotros. Nos llenamos de un oscuro prejuicio y muchos miedos. Y ahora necesitamos de sus elecciones, apelamos a la misericordia de los demócratas, y de ese acápite mínimo que representa esta isla en sus programas. Dependemos del enemigo, de su dinero, del dinero de las familias que se fueron mientras otros orquestaban el acto de repudio.

Ni siquiera en el 2015, con Obama visitando la isla, mientras el deshielo de las históricamente pétreas relaciones entre ambos países era inminente, la visión económica de la isla fue convertida en hoteles, en turismos varios, en una enorme horda de remesas llenando las arcas de los militares. Beneficiados fueron pocos: algunos sectores, como las llamadas mulas, los trabajadores del turismo (aclarar que sobreviven no por el salario sino por las propinas), por ejemplo, quienes presuponen un pequeño sector de la sociedad.

Es decir, en materia económica este país creció mínimamente hace 4 años, pero, ¿y el pueblo? Vuelve a aparecer esa estructura marchita/marchitada llamada pueblo, les hacen poner las esperanzas de una vida mejor en los dividendos económicos y políticos de otros, en el enemigo que odiamos y que necesitamos, en la incertidumbre de amar y odiar solo cuando sea políticamente correcto.

Atendemos las elecciones de un país que es nuestro «enemigo histórico», según la retórica del régimen. ¿Dónde ha quedado la voz de la gente de la isla? Reducidos a la consigna y la unanimidad, es decir, a la nada política. Es fácil representar un vacío, cuando se puede llenar con los ligamentos especulativos del único partido político. La democracia en Cuba es un globo enorme que cada día se hincha más, y se eleva y se aleja desde el más común de los ciudadanos, el cual solo aspira asistir a tiempo al circo diario de la cola y el alimento de turno. En suma, la disuasión que resulta la dura vida cotidiana de los cubanos genera también la apatía política, la irritación por las promesas pedestres e incumplidas, el estribillo de cada dirigente mil veces repetido hasta su vaciamiento semántico.

La mala gestión gubernamental durante los meses de pandemia ha generado no solo paupérrimas condiciones de vida de los ciudadanos por la escasez de alimentos y productos de primera necesidad, sino también la afirmación de una moneda libremente convertible. Una moneda que ha creado separatismos en la sociedad. Una sociedad dada a lo unánime, uniforme, unilateral. Terrible odisea de la inercia.

No es nuevo que la democracia en Cuba sea como esa tela del mantel que los dirigentes ensucian a ratos, lo lavan, lo cambian, lo ajustan a la cuadrada mesa de reuniones y cenas y peligrosas cavilaciones. Hablar con la boca llena de democracia, mientras las migajas caen, perentorias, a los bordes de la isla. Asistimos a la muerte de la democracia hace más de sesenta años. Y ahora necesitamos de la democracia de otros países, porque la nuestra, de tan poco uso, nadie la recuerda.

La estructura pueblo, tan servicialmente sumida en la homogeneidad, está esperando que gane Biden, es decir, que regresen los americanos, con su dinero como salvación, que se abran las divinas remesas para que los emigrados, otrora gusanos y enemigos, nos sostengan. Así se nos va el tiempo en la isla, en las sillas tristes de la paciencia.

Aun así, habiendo analizado las dinámicas políticas en ambas regiones, no creo que se aporten grandes soluciones al problema cubano. Puede salir Biden mañana y abrir todos los canales económicos para la isla, que las rutas del turismo sean la isla: no pasa nada, aquí no pasa nada, la gente seguirá pobre, las casas seguirán descascarando su fachadas y las arcas de los militares continuarán llenándose. Si gana Trump, la sequía podría ser peor que en los noventa. Igual la isla se hunde. Sea quien sea el presidente de los Estados Unidos, el problema está en la isla, en este gobierno que nadie eligió, en los diletantes discursos de siempre, en el sofisma de los ministros, en las vaguedades del presidente/fantasma.

Debemos salir de las ideologías personales, de los pequeños absolutos en las opiniones, casi siempre orquestadas desde la más honda ignorancia. Ver con ojos sanos el desastre de país que nos han dejado, donde crecerán niños incapaces de comprender la lógica del hambre de tantos años de revolución y silencio; y morirán viejos que jamás comprendieron nada. La solución no es divina, no está fuera de los contornos de esta isla, sino en su centro, en su núcleo. Romper los yugos y las inquinas desde adentro, romper el castigo y la ceguera. Vamos a solucionarnos como se debe, sin esperar que recuerden el nombre de un país que nunca supo definir(se).

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