PRENSA OFICIAL CUBANA: LA OLA DE LA LOCURA SALIDA DE SU PROPIO CAUCE

✍️ Colaboración especial
📷 Neife Rigau


          
Si la prensa “revolucionaria” continúa arando en tierra minada y retorcida en la torpeza de la apología y el encono, seguirá aniquilada social, política y moralmente, pues nada tienen que ver sus posturas con el abanico de deseos a los que aspira la mayoría de los cubanos.

Este es quizás el criterio más peliagudo de cuantos mueven la opinión pública de la isla al analizar el desempeño de los medios oficiales, que al subordinarse y ofrecer una visión incoherente sobre los acontecimientos, se muestran ante el mundo como la ola de la locura salida de su propio cause.
Resulta contraproducente que los cientos de reporteros en ejercicio esquiven los temas más controversiales en los que se debate la sociedad cubana contemporánea, mientras maquillan o distorsionan los horrores de un régimen que viola los derechos universales de sus ciudadanos.

Alarma que Humberto López y otros redactores del sistema informativo se arropen en la toga de los fiscales o se yergan jueces u oficiales del Ministerio del Interior para amenazar o difamar a los activistas, cuando figuran entre los violadores de la resolución firmada en ¡dos oportunidades! por Raúl Castro para que los periodistas utilicen la crítica, corrijan el triunfalismo, eliminen los errores y erradiquen las aberraciones en las que incurren a diario.
 
·        La vida por un lado y el periodismo por otro.
El periodismo cubano está signado por una concepción deformada. El discurso de los reporteros es débil. La obediencia los ha convertido en repetidores de informes; en divulgadores de caprichos, prejuicios y fraudes. En la práctica la vida va por un lado y ellos por otro.

Al estandarizar y unificar el mensaje violan preceptos básicos. Por lo general replican sin analizar, quiebran el principio de la información, omiten la investigación, describen lo que todo el mundo observa y les resulta más cómodo enfrentar la burla colectiva que el rechazo de las fuentes.
Por más que los lectores lo exijan ni un solo artículo va dirigido a frenar la politización del desastre imperante o encauzar los destinos de una nación dislocada por la escasez, el desorden, la exclusión y el hambre.

La improvisación no tiene riendas; tampoco límites. Célebres son los geólogos y administradores de mercaditos dirigiendo los medios, como  sucedió en Santiago de Cuba, el municipio más poblado de la isla.

Muchos atestiguan que mientras los militares comanden la política, los médicos la economía, los políticos la salud pública, los eléctricos la cultura y los abogados a la prensa, Cuba será un intento como país, un naufragio como sociedad y una calamidad en el mundo de las finanzas.

Hasta que la prensa no asuma un rol consecuente habrá que soportar bromas de mal gusto, como la que asegura que Cuba es el país más grande del mundo: con el cementerio en Africa, el banco en China, su industria militar en Rusia, los pozos de petróleo en Venezuela y la capital en Miami.
La prensa de Estados Unidos estornuda y a la cubana le da catarro. Nadie en su sano juicio comprende como los periodistas locales son hipercríticos con los “imperialistas” y extremadamente tolerantes con los “gorilas” que  todos los días le dan garrotazos o le pasan con la estaca por al lado.

Por momentos las televisoras y los diarios isleños divulgan más noticias sobre EE.UU que The New York Times y CNN. Por su aprobación El Nuevo Herald y Radio Televisión Martí son tan cubanos como Granma y Juventud Rebelde. Si nos atenemos a los impactos, los medios alternativos tienen más aceptación que los oficiales.
 
Las pifias y los figurones mediáticos

A fuerza de “cocotazos y pellizcos ideológicos” han convertido al bloqueo en el saco de las excusas. No por gusto las mentes más sabias y perspicaces de la isla ríen a carcajadas cuando escuchan los titulares o afirman que los reporteros cubanos se dividen en dos categorías: títeres y marionetas.
Ni directivos, ni profesionales reparan en que pecar callado cuando se debe protestar hace cobarde a los hombres. Salvo raras excepciones todos se muestran incapaces de advertir que cuando no se disfruta de la libertad el primer deber de la prensa es ponerse al servicio de ella.

Cada lunes Víctor Gaute aprieta los nudos de la censura desde su puesto de ideológico en el Comité Central del Partido, donde los directores acuden (más religiosos que el Papa) para saber qué y cómo publicar sobre la Tarea Ordenamiento y cuánto sirva para apuntalar al régimen.

Aunque resulte contraproducente, este abogado -que integró el batallón de seguridad del Palacio de la Revolución, trabajó en la Empresa Pecuaria Ciro Redondo, cubrió cuanta plaza vacante fue quedando y nada sabe de la prensa- dirige la política informativa y es el zar de los periodistas cubanos.

Gaute aprueba al máximo nivel los desmanes de la Seguridad del Estado. Su oficina es el muro de contención entre lo “bueno y lo malo”; el filtro de lo que se dice u omite de la Revolución cubana. Lo espinoso es precisar dónde se refugia la malicia y dónde la cordura humana.

No es difícil intuir que parados frente a la Unión de Periodistas de Cuba están -como horcones y catalizadores gráficos del pensamiento- el ojo del deseo, el modo de invocar, los símbolos, los vigías, el hombre con sus pilares y el nombre de Cuba como un torrente de luz sobre el mar.

Sin  embargo, su presidente, el arribista Ricardo Ronquillo, ignora esa realidad y figura como uno de los amordazadores oficiales. Para él la prensa es un guiñol y no el contrapeso natural de la frustración vigente.

Su postura -adocenada y cómplice- ensancha el vacío cultural de los medios a costa de su propia involución espiritual y refleja que el acontecer mediático insular está absolutamente parcializado.
 
La represión y el Decreto-Ley 370

Con ese caldo de cultivo el Gobierno arremete contra el periodismo independiente e impone el Decreto-Ley 370, que atenta contra la libertad de palabra y pretende exhibir la descabellada imagen de un pueblo convertido en un coro monocorde y de espectadores subnormales.

Resulta inmoral que realicen detenciones arbitrarias cuando no han sido capaces de aprobar una Ley de Prensa, porque ni legal, ni moralmente tienen como articular sus malas prácticas en cuanto manipulación de contenidos y usurpación de atribuciones y funciones públicas con las aspiraciones por las que luchan millones de cubanos.

Teme y se arrodilla un Estado que es capaz de confinar a sus reporteros porque no le alcanzan las verdades ni el poderío de su monopolio, dentro de las comunicaciones y la prensa, para desmentir a quienes denuncian el desequilibrio mediático y el caos social imperante.

Se suicida un país que, a los ojos del mundo visible, opta por la represión y la mordaza informática para balancear un acontecer que lo expone, lo acusa y lo desacredita ante la historia.

Es difícil eludir la suspicacia colectiva. No se puede coartar al periodismo alternativo porque sus enfoques sean distintos o contestatarios. Tampoco calificar de marginal o mercenario al que publica en el extranjero porque en su país se lo impiden o no tiene espacio.

La prensa oficial contextualizará su rol cuando sea receptiva con el criterio contrario, corrija los errores que la desfasan y utilice todas las visiones para encauzar sus afanes creativos.

Sin embargo, será libre, cuando en Cuba ser opositor no sea un delito, expresarse con libertad no sea una utopía y la necedad quede proscrita.
Mientras, los periodistas tendrán que asumir el dilema de su impredecible destino: vivir en el fondo del mar como cobardes de oficio o en la cima del cielo como luceros de vidrio; esconderse como fantasmas de la arrogancia y la hipocresía o viajar en la punta del fuego como destellos de vida.

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