“LA PRIMAVERA DE UNA CUBA NUEVA”: CRÓNICAS DEL PADRE ALBERTO

✍️ Mario Ramírez
📷 Archivo de La Hora de Cuba

Para los seguidores del Padre Alberto Reyes, entre los que me incluyo, la semana comenzó con una aciaga noticia: las Crónicas del Noroeste, con las que el Padre nos tenía acostumbrados a inaugurar cada mes, “ya no podrán ser publicadas”. Así lo informó en un escueto post desde su perfil en Facebook, sin aclarar los motivos de esa ‘decisión’ que todo el que ha leído las Crónicas puede intuir.

El sacerdote católico, durante su peregrinaje por varias parroquias del interior de la isla —Guáimaro, Maisí— había escrito con anterioridad unas Crónicas Caribeñas y Crónicas del lejano Oriente, pero el regreso a su querida tierra de Esmeralda, y su ocupación como formador del Seminario Propedéutico Nacional (San Agustín), en Camagüey, lo llevarían a estas nuevas anécdotas y reflexiones sobre la realidad cubana en medio de la pandemia del coronavirus y la agudización de la crisis económica, que iniciaron el 1 de septiembre de 2020 y terminaron, para nuestro pesar, con la séptima entrega el pasado 28 de febrero.

En un estilo periodístico muy fino, con destreza para la narración y agudeza crítica, Alberto Reyes nos contó sus experiencias como párroco y ciudadano de la Cuba de hoy, en memorables pasajes como los titulados “Al límite”, “La realidad supera cualquier ficción” o “Una isla hecha para huracanes”, en la primera de sus Crónicas del Noroeste, donde abordó las vicisitudes del pueblo cubano y los nuevos desafíos para su “espíritu de lucha”. Narraciones que nos parecerían costumbristas si no fuera por el final con el que dilucida la parábola, que matizaría estos pensamientos cardinales en lo adelante: la necesidad de decir “Basta ya” como la más urgente de las necesidades del pueblo.

Ya sabemos que fue Cristo quien inspiró estas Crónicas, y que Félix Varela fue un discípulo de Cristo, y que José Martí leyó a Varela; y yo quisiera añadir que el Padre Reyes es un continuador —qué bueno que no sólo por la palabra— de lo que muchos leímos en La Edad de Oro. Quien tenga dudas, que vuelva sobre las historias de “8 de septiembre”, “Inicio de curso” y especialmente “Los niños”, en las Crónicas del Noroeste II, para comprobarlo. Yo no soy padre aún, pero puedo imaginar el orgullo de esos padres que bautizan a sus hijos en el credo de una persona que escribe estas líneas: “Esto es lo que quiero enseñarles a los niños, que no se puede pactar con las dificultades, que las dificultades, o las vencemos o nos vencen, y que no sólo hay que enfrentar los problemas, sino que se vencen mejor los problemas si los enfrentamos juntos”.

El domingo 1 de noviembre del año pasado fue quizás el punto álgido que llamaría la atención sobre estos escritos del sacerdote, y perniciosamente la atención del régimen y sus mecanismos de control, cuando las Crónicas del Noroeste III alcanzaron una rápida difusión en medios independientes al definir la “fórmula” de la opresión del pueblo cubano —(Miedo + Mentira + División) x Silencio cómplice = Opresión— y declarar sin tapujos que “El comunismo es una gran mentira”. Apenas un mes de que otro clérigo —el padre Jorge Luis Pérez Soto— alzara su voz en la capital para criticar enérgicamente a la dictadura, el Padre Reyes no podía sospechar que sus palabras serían proféticas en ese noviembre, cuando avanzado el mes trascurrieron los sucesos del Movimiento San Isidro (MSI) y la rebelión de los artistas en La Habana (27N).

“Yo no sé cuáles serán las reacciones a estas crónicas, ni tengo mayores expectativas, pero he dicho lo que tenía guardado entre pecho y espalda”, dijo en aquel texto, y las peores reacciones, aunque intra muros y tardías, las estamos viviendo hoy con la suspensión de sus publicaciones.

La cuarta entrega de las Crónicas no fue menos enérgica en su crítica, y desde luego, con las alusiones al momento histórico y el terreno ganado en materia de luchas sociales por las demandas de minorías como los defensores de los animales o el propio MSI. El eclesiástico de 53 años comenzó por cuestionarse a sí mismo —“Yo frente a mí mismo”— en una autocrítica —“Preguntas”— capaz de despojarnos de la ideologización a la que somos sometidos los cubanos desde niños —“Indefensión aprendida”—, para culminar con dos instantes de exhortación —“¿Y si lo intentamos?”— y unidad —“Yo soy Cuba, tú eres Cuba”— de una coherencia que debiera ser modélica para los líderes políticos que aspiren a modificar en algo el panorama actual y encaminar al país hacia ese “¡Basta ya!” que es hoy, al decir de Reyes, “el grito del alma de este pueblo”.

La quinta Crónica inauguró el 2021 con una reflexión “entre continuidad y discontinuidad” de la Revolución cubana, de la que enumeró varios de sus crímenes y violaciones de derechos humanos perpetuados durante más de seis décadas. “Actos de repudio”, “detenciones arbitrarias”, “Seguridad del Estado”, “crisis de balseros”, “hundimiento del Remolcador 13 de marzo”, entre otros, fueron algunos de los sintagmas de peso en la denuncia del presbítero que insistió en llamar “dictadura” a ese proceso histórico, a ese “reino dorado de la arbitrariedad institucionalizada”.

En el mismo mes de enero una carta firmada por sacerdotes y laicos de la Iglesia Católica y dirigida a las autoridades cubanas, promovía la idea defendida por el MSI y el 27N sobre un diálogo nacional con esos sectores de la opinión pública cuyas voces han permanecido silenciadas por oponerse a lo que dicta la ideología del régimen. La sexta Crónica del Noroeste giró, pues, en torno a esa necesidad imperante de visibilizar y ser visibilizados —“Te veo…, o no” y “He visto”— y la negativa de las autoridades de la isla “a adherirse a la idea del ‘con todos y para el bien de todos’”.

La última de estas Crónicas parece escrita como si su autor intuyera el final de un periodo de cavilaciones que nos ayudó a muchos en nuestro constante cuestionamiento de la realidad y de la realidad de nuestro ser. “Una cuestión de identidad”, “Entre el sometimiento y la rebeldía”, “Una cuestión de elección”, “¿Así quieres vivir?”, “¿Y si intentamos ser humildes?”, se me antojan epígrafes demasiado lúcidos como para prescindir de ellos tan pronto. Estas epístolas —así las leo— debieran quedar bien registradas y las recomiendo con ahínco a quienes sueñan con una Cuba mejor, pero también a esos que quizás hayan tenido que ver con la culminación de sus entregas.

A la Seguridad del Estado, sólo quisiera decirle que lean con verdadera detención estas líneas, a ver si acaban de aprender a leer en la realidad de nuestros días, en la que cada vez son más cubanos los que se atreven a un “Basta ya”, sea como sea. A la Iglesia Católica, en específico a sus obispos, me gustaría recordarles la promesa cristiana de ser “piedras de escándalo” y los abundantes ejemplos de predicadores censurados cuyas leyendas de santidad han debido ser rectificadas. Yo, llamado por una y otra, opositor y laico, me acojo mejor, martiano, a las palabras de este hombre sincero:

“Creo, profundamente, que la primavera de una Cuba nueva está llegando, y que es imparable, y rezo con todas mis fuerzas para que todo eso que significa la primavera: armonía, color, luz, gozo, paz…, encuentre corazones que se abran a ella, la reciban y le digan: ‘cuenta conmigo’”.

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