CUBA: EL ABISMO DE LAS BURLAS

✍️ Colaboración especial
📷 Neife Rigau

A un año de dar otra vuelta de tuerca al controversial asunto del militarismo, con el propósito de contener la pandemia del coronavirus y sofocar el desorden generado por la crisis económica, Cuba exhibe sus peores índices de infestación y no ha frenado ni el desabastecimiento, ni el fenómeno del delito.

Con el tiempo, la fachada de contribuir a mitigar el enfrentamiento doméstico entre el robo, la falta de alimentos y el descontrol se desvaneció. Ahora la situación es más grave que cuando salieron la policía y las tropas regulares a la calle. En todas las ciudades crecen la desobediencia y el desvío de recursos.

A falta de producción el régimen apeló a las multas para estimular su depauperado presupuesto. Sin embargo, sus políticas fallidas y el desespero por retornar a la normalidad disparó los niveles de contagio.

Cifras oficiales confirman más de 400 fallecidos, más de 76 000 contagiados y 23 000 ingresados entre sospechosos y confirmados con Covid-19.

Sin embargo, ahí están miles de efectivos patrullando ciudades, organizando colas, custodiando carreteras, vigilando hospitales, registrando viviendas, decidiendo quiénes compran y protagonizando todo tipo de desmanes que ofenden al pueblo, quebrantan las leyes y vulneran los derechos humanos.

Esta vergüenza, que se enrosca en la vida cotidiana, posterga de forma indefinida la misión de contención y tutelaje del Ministerio del Interior y las Fuerzas Armadas, inmiscuidos en cuestiones civiles, pero víctimas —como el resto de las instituciones— del pillaje y los «cambalaches».

En medio de la ola represiva —que deviene en injuria e insulta a la inteligencia cívica— salen a la luz hechos que desnudan la ineficiencia del estado y el desorden que fustiga y anula sus políticas públicas.

Sin embargo, nada se dice de las causas que generan el hambre, el robo y los precios excesivos, sobre todo a raíz del inicio de la Tarea Ordenamiento y la unificación monetaria.

Más que reprimir a los coleros, la emprenden contra los que tiran fotos o filman las aglomeraciones, porque temen muestren las imágenes con que se agrede y se sume en la marginalidad a la familia cubana.

Al filo de 13 meses de pandemia, la militarización se muestra como es, un proceso que enmascara la realidad, pero no puede ocultar ni la fuerza, ni la luz de la verdad histórica: Cuba es resultado de una revolución colérica, triunfalista y desconcertada.

Mientras la pandemia destapa la ineficacia del sistema sanitario en el control epidemiológico, la policía desempolva la anarquía de un sistema empresarial torpe y caduco; incapaz de encausar el porvenir de su pueblo.

Con el uso excesivo de la de la fuerza, no solo desnudan el absurdo manejo de la justicia, sino la catadura de los militares cubanos, quienes se sienten dignos de arrastrar mujeres en las plazas públicas.

Sin tapujos la población califica a la policía como un nicho de atropellos y sinónimo de incultura, sobre todo cuando intentan someter injustificadamente a los cartilleros, vendedores ambulares y trabajadores por cuenta propia.

El móvil de los militares no es ordenar el desastre imperante, sino controlarlo todo y sofocar hasta el menor indicio de protesta.

En medio de este panorama el gobierno y los medios oficiales publican y dan por probado hechos que no han sido juzgados por los tribunales, con el insano propósito de predisponer al pueblo, justificar la “mano dura” y privar a los inculpados de un proceso sujeto a derecho.

Peor resulta el oportunismo de mostrar a los militares como los salvadores de la nación o promover entre los vecinos el odio y la antipatía. La cínica visión de la vida mostrada por los uniformados siembra el pánico y reafirma que en Cuba nadie sabe dónde acaba la honradez y dónde empieza la estafa.

La tradicional militarización, ahora recrudecida y maquillada con visos de deber cívico, se inserta dentro del extremismo y el fundamentalismo socialista, que a espaldas del pueblo dedicaba casi el 50 por ciento del producto interno bruto a cuestiones de defensa y antojos políticos.

Más que a reprimir o amordazar al pueblo resulta inaplazable estudiar y denunciar los problemas en un país donde el salario no alcanza para ser honesto, la economía viaja a la deriva, las empresas se ahogan en desfalcos, el robo está institucionalizado y los pobres optan por la apropiación indebida como sustento de sus necesidades básicas.

Inadmisible que mientras los cubanos malvivan entre enigmas y conjuras, las Fuerzas Armadas usurpen y dilapiden sus finanzas, dispongan de más tiendas en divisas que unidades militares y disfruten de una cadena de hoteles, una agencia transportista, un grupo bancario y una compañía de vuelos que nada tienen que ver con la defensa nacional y sí mucho con el acelerado deterioro de la solvencia del país.

Peor resulta el mutismo en torno a la usurpación de las funciones públicas, en especial del Banco Nacional y varios ministerios, al encargar a los militares financiar y construir campos de golf y balnearios de lujo en momentos en que no hay dinero para nada.

¿De dónde salen esos recursos si las arcas nacionales están vacías y el sistema productivo de la nación pervive deteriorado? ¿Por qué el Parlamento o la Contraloría de la República no auditan al Ministerio del Interior y las Fuerzas Armadas?

Ahí estriba parte del acoso y el fracaso: en ponderar el desequilibrio; en impedir que las malas prácticas y la impunidad prosigan su cosecha de vicios; en culpar al bloqueo del desastre financiero; en endeudar a los cubanos en nombre del progreso; en interpretar erróneamente los desafíos de la economía.

Si se quiere estimular una actitud diferente, entonces corríjase el error de sitiar y acuartelar una isla mal comida, con la paciencia agotada y convertida a fuerza de negligencias en un irónico o inexplorable abismo de burlas.

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