GASTÓN BAQUERO: UN MERCENARIO FABULOSAMENTE ÚTIL

✍️ Rafael Almanza
(Texto del archivo de La Hora de Cuba, publicado en revista impresa No. 3, 2015)
📷 Gastón Baquero sentado en su casa (tomada de El País/Gorka Lejarcegui) y fachada y tarja del edificio donde vivía Baquero al morir (cortesía de Eugenio García de Paredes)

En la página 494 del libro “Batista. Últimos días en el poder”, de José Luis Padrón y Luis Adrián Betancourt, publicado por Ediciones Unión, la editora de la UNEAC, en 2008, aparece un documento atribuido al poder ejecutivo de la República de Cuba, desempeñado en ese momento por el general dictador Fulgencio Batista. Se trata, hasta donde nos dicen los autores, de la “Nómina de la asignación monetaria mensual con la que el dictador agasajaba a editores y periodistas del país”. De las 49 entradas que posee el documento, dos pertenecen al doctor Gastón Baquero, identificado primero como periodista del Diario de la Marina, y en la segunda ocasión solo con el grado de doctor, que debe tratarse de un tratamiento honorífico puesto que el escritor Gastón Baquero era un ingeniero agrónomo graduado en la Universidad de La Habana.

En la primera entrada Baquero obtiene 16 000 pesos; en la segunda, 2 000. A menos que el documento sea falso, y yo confío en la veracidad del mismo, resulta que el poeta recibía, al menos en algún período de la dictadura batistiana, nada menos que 18 000 pesos mensuales, lo que equivalía a la misma cifra en dólares, toda una fortuna para la época. Paisano, amigo personal y, por este documento, empleado del militarote que había destruido la democracia en Cuba, el eximio escritor, que afirmaba en su mejor poema no saber escribir y ser un inocente, se sumaba al aniquilamiento de la siempre frágil y confusa democracia nacional mediante su incorporación al despelote de uno de los pilares de cualquier sistema democrático: la prensa libre, honesta e independiente. Ya en 1959 Baquero se queda para siempre sin patria, por el triunfo de la Revolución que él mismo había ayudado, con su irresponsabilidad, a triunfar.

No tengo idea de qué pudieran pensar los autores que divulgaron ese documento, al encontrar ahora en nuestras librerías el “Paginario Disperso” de Gastón Baquero, publicado por la misma Ediciones Unión de la UNEAC, y “Una señal menuda sobre el pecho del astro”, ensayos del mismo autor por Ediciones La Luz, de Holguín. El primero contiene más de trescientas páginas y el segundo más de quinientas, y reúnen en lo fundamental artículos de tema literario, artístico o histórico que Gastón publicaba en el Diario de la Marina. O lo que es lo mismo, la Revolución auxiliada por la irresponsabilidad de Baquero da a conocer ahora una abrumadora cantidad de textos escritos por el empleado a sueldo de Batista, algunos de la misma época en que, según podemos sospechar, se llenaba los bolsillos del traje con el dinero del dictador.

Invito a mis compatriotas responsables y libres a leer de inmediato esas casi mil páginas de periodismo excepcional, y de meditación compleja y nutritiva sobre literatura, arte y patria.

La capacidad de Baquero para la creación incesante de periodismo de máximo nivel no ha sido superada en nuestro país, como no sea el caso impar de José Martí. A Martí están dedicadas unas reflexiones en ambos libros, de manera que podemos ahora afirmar con certeza que este representante de la derecha en Cuba fue un valedor de Martí, mérito que comparte con otros de la misma orientación política, señaladamente el jurista, diplomático, orador y periodista camagüeyano Mariano Aramburo. Fue, además, su discípulo, pues en estos acumulados textos de Baquero encontramos varias de las constantes martianas esenciales, incluyendo la más trascendente: el imperativo de que la patria somos todos y cada uno, y especialmente los hombres de mérito, a quienes Gastón no se cansa de promover fuere quien fuere y año tras año.

El número de escritores y artistas cubanos defendidos por Baquero, que hoy tenemos por prohombres de nuestra cultura y que entonces eran unos desamparados, es notable. Igualmente celebró a los que, como Brull o Mañach, ya estaban en el candelero. Este hombre de derecha, si es que lo era porque estas distinciones en Cuba han sido siempre resbaladizas, estaba al servicio de todos y empeñado en la construcción de una atmósfera de respeto universal para la creación de sus compatriotas. No estoy hablando de elogios facilones para ganar amigos importantes —se equivocó, incluso, al suponer imposible la creación de una escuela de ballet en Cuba, a pesar de su admiración por Alicia Alonso—, sino de un conjunto de exégesis que no han envejecido una línea, de una densa lucidez, resueltas con una prodigiosa capacidad de síntesis y una grandeza de lenguaje que conquista incluso a la opinión divergente.

Pero el patriota Baquero fue también un auxiliador de sus hermanos en cuanto a la puesta al día de la cultura artística y literaria; y buena parte de lo que hoy consideramos como sus cumbres en la primera mitad del siglo XX fueron divulgadas por él y beneficiadas con una interpretación de alcance universal y utilidad local, verbigracia, la dedicada a Saint John Perse. Y en ningún momento le encontramos la conocida actitud mimética del deslumbrado cubiche, que sigue imperando todavía.

A Benavente le reprocha haber escrito demasiado, observación a la que se atuvo él mismo con respecto a su poesía. De Ortega y Gasset dijo que estaba en contra de casi todo lo que pensó, pero le celebra precisamente su capacidad de estimular el encuentro con el propio ser. Baquero, adalid de La Avellaneda y de Casal, de la gran poesía cubana de siempre, de la poesía en sí misma como misterio y magisterio, fue un paradigma de “Orígenes”, ejerciendo un intelecto libérrimo, propio, cubano, generoso, constructor de patria desde la palabra, día a día, sin esperanza suficiente en el mundo y en su pueblo, pero perfectamente fiel a la dimensión de su alma y al deber de amor.

Y esta conclusión inevitable podemos firmarla sin haber conocido lo que se nos está ocultando cuidadosa e inútilmente, en estas maniobras de descongelamiento paulatino de la verdad, que incluye a Baquero como a las Grandes Ligas, en que las autoridades de La Habana, para evitarse peligrosos escándalos en el momento decisivo, han tenido que embarcarse.

No tenemos idea del periodismo social y político de Baquero. Su publicación tal vez nos descifre el enigma de su colaboración, y la de otros destacados intelectuales de la época, con un sargento negado a la democracia y protagonista y promotor de la vida corrupta.

Ya se conocen sus juicios sobre el padre Bartolomé de las Casas, hoy en proceso de canonización y considerado fundador del Derecho Internacional y del movimiento por los derechos humanos. Baquero estaba en contra de Las Casas, junto con otros estudiosos de renombre, a despecho de la tradición cubana que había encabezado el rescate mundial del defensor de los indígenas. Para mí Las Casas es venerable, y sus desaciertos no son sino el tributo que pagamos todos por vivir en la ceguera obligatoria de una época. Pero Baquero nos muestra, en esos juicios, el otro lado del hoy desprestigiado proceso de colonización: su función civilizatoria. “Civilización devastadora”, dijo Martí, quien no necesitaba esos matices sustanciales porque era capaz de meterlos en solo dos palabras; pero civilización de veras.

Lo bueno de leer a Baquero es la posibilidad, habitual en Martí, muy poco común entre nosotros y considerada como traición tanto por la derecha como por la izquierda, de asomarse a la cara oculta de la luna, de ignorar el cliché mental, de mirar desde la derecha con honestidad, enseñándonos a mirar desde todas partes. Estoy seguro de que la publicación de su periodismo no literario va a resultar una saludable sacudida para el aletargado pensamiento nacional. Y nos permitirá reinterpretar las circunstancias del país de entonces y apreciar mejor la riqueza de este hombre inmensamente útil, cuyas dolorosas contradicciones proceden de nuestras debilidades, más que de las suyas. Él se vendió por mucho, porque los que lo compraban lo valoraron.

Hoy, tantos cubanos de mérito se venden, valorados como candidatos a traidor, por un apartamento en un edificio para obreros. Es difícil para la inteligencia sobrevivir en este mundo, y Baquero no tuvo ese rarísimo valor inspirado de Las Casas, de renunciar a todo y quedarse solo con Dios y una yegua en medio de unos asesinos en el borde del orbe; pero su utilidad como obrero de la patria no tiene ya discusión alguna.

Aprendamos, hermanos, el arte del respeto y de la tolerancia, de tomar los asuntos ajenos con calma y con responsabilidad, con espíritu de justicia y con desprendimiento, si es que queremos patria, y queremos alma legítima en la patria. El pícaro que se aparte de esta recomendación quedará fracasado y burlado a la larga, como lo demuestra el caso fundamental de don Gastón Baquero.

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