CULTURA DE VIOLENCIA

✍️ Sol García Basulto
(Texto del Archivo La Hora de Cuba, publicado en No. 3, 2015)
📷 Henry Constantin, imagen de archivo.

La violencia es una alternativa que ya debería estar descartada por toda persona actual, pero que se aplica aún como un método para resolver los conflictos sin sospechar que no pasa de un modo de empeorarlos. El elemento esencial por el que se distingue es el daño que puede o llega a causar. Es un comportamiento deliberado, que provoca lesiones tanto físicas como psicológicas a otros seres. Quien la emplea satisface su necesidad de causar dolor, pese a esto las intenciones de una persona violenta están frustradas por el dolor inicial que le fue causado a ella y que impulsa la ola desde el interior del océano psíquico hasta el organismo que la recibe, sin que se detenga su caudal con un solo acto de canalización.

Todo género o manifestación de la violencia tiene un origen invisible. Su principio está disimulado en hechos que no podemos advertir porque nuestra mirada está contaminada con ella. La violencia se concreta en actitudes pero se inicia en la personalidad, en los trastornos que ha ganado nuestra personalidad por la experiencia de vida o por la influencia de la mente colectiva, la prueba es que muchas veces se manifiesta sin la presencia de un conflicto. El verdadero soporte de la violencia no es el cuerpo que la sufre sino el ánimo de quien la proyecta.

Cuando varias personas violentas coinciden en contexto pasan a legitimarse sus opiniones formando conceptos que luego son trasmitidos de generación en generación. En Cuba estamos expuestos a una epidemia de violencia cultural inminente. La potencia masculina sobre la femenina, el abuso de autoridad de los adultos sobre los niños y la vigencia de los prejuicios de índole homofóbico o racista, entre otros, son ejemplos tan claros de ello como la prostitución y las pandillas que ya habitualmente realizan acciones violentas.

La manipulación de la sociedad a través de los medios de comunicación masiva, nos mantienen al margen de estos hechos, lo cual no significa a salvo de ellos. De ahí que vivamos sin reparar en el carácter colérico de nuestra sociedad. Pero más allá de todo acto consumado de violencia saltan a la vista detalles ineludibles de la cultura que representan rasgos esenciales de rudeza e incivilización.

Métodos oficializados y establecidos por unanimidad fomentan la violencia desde la inmadurez de la vida. La primera impresión de un recién nacido se puede catalogar como violenta. Durante el esfuerzo del parto el feto sufre y agota parte de su energía. La persona que le recibe, en vez de brindarle consuelo y aliento, le propicia una soberana nalgada para estimularle la respiración mediante el llanto. Después de eso, lejos de ser acogido por el cálido regazo materno, pasa directamente al interior de una incubadora en donde debe estar de 30 a 40 minutos. En las primeras 24 horas de vida el bebé recibe los dos pinchazos iniciales del amplio programa de vacunación que se extenderá durante toda la infancia, incluidos otros seis a lo largo del primer año. Al menos este sufrimiento está justificado por las intenciones de alcanzar una vida saludable, aunque no lo garantice del todo. Luego vienen las tendencias sexualistas, que suelen causar dolor innecesario: en el caso masculino el forzado desgarre o circuncisión del prepucio y en el femenino la perforación de las orejas.

En la primera infancia los niños tienen altas posibilidades de ser inducidos a la violencia. Para dormir escuchan historias con las que se podrían hacer espeluznantes filmes de terror. Si se quejan porque otro niño les pegó la respuesta que encuentran es “métele tú también”; si hacen algo definido por una opinión adulta, muchas veces prejuiciada e injusta, como indebido, suelen recibir castigos contundentes. Siempre habrá alguna figura dominante que muchas veces les prohíba las cosas por mera autoridad o les infunda miedo como un recurso para controlar sus acciones a conveniencia.

Más tarde son incorporados al programa educativo público en donde se someten a una avanzada educación cultural. Aquí ganan experiencias que si nos ponemos a pensar no son las más oportunas, pues llegan a los niños antes de que su personalidad esté formada y cuando aún los domina el instinto natural que puede motivar la agresividad.

Los niños, que naturalmente son inmaduros e irrazonables, aprenden la historia como una sucesión de guerras de las que deben sentirse orgullosos: jefes aborígenes que son quemados en hogueras, cargas al machete, tiroteos en las madrugadas y carteles escritos con sangre forman parte de aquello por lo que les enseñamos a sentir amor (la escena de los mambises al machete decapitando a los españoles quedó para siempre en mi memoria). Obras de teatro o consignas que hablan de muerte y sacrificios y los estimulan a imitar héroes de guerra son repetidas por los niños para satisfacer el ego de los dirigentes políticos. Estas cosas invaden la mente antes de que se haya formado un verdadero concepto de paz que les permita tener identidad propia.

De modo simultáneo los niños participan de una vida de adultos al menos en un cincuenta por ciento. Deportes de combate, música, películas, series y telenovelas programadas para los mayores son del consumo infantil. Los juguetes son réplicas de los más diversos accesorios necesarios para desarrollar actividades profesionales, incluidas armas blancas y de fuego; la mayoría de los videojuegos parecen estar diseñados para entrenar soldados. Todo el tiempo los niños juegan a matarse o a alcanzar ficticias victorias.

Durante la madurez sexual, en ambientes conservadores (que no son pocos), las adolescentes son instruidas para seguir y obedecer a futuros esposos, mientras que los futuros esposos se preparan para ser líderes dominantes y despiadados. En esta etapa agrava el asunto el hecho de que los varones sellen su educación básica con una de las formas de violencia no sancionada por la ley sino aplicada por esta a la sociedad, sin que por ello deje de ser un crimen: el servicio militar, el más moderno sistema de esclavitud.

Inevitablemente la respuesta violenta ante los conflictos se ve como algo natural, normal e incluso como la única manera viable de hacer frente a los problemas y disputas que nos encontramos a diario. Las personas aseguran sus casas construyendo altos muros que terminan con un ejército de vidrios listo para deshuesar las manos de quien intente saltar. Las calles están llenas de uniformados que portan armas con el pretexto de custodiar el bienestar social. Nos rodean las amenazas y no alcanzamos a escucharlas.

En el ámbito político sentimos la paz con merecimiento, y nos queda la sensación de estar en deuda porque una vaga noción de justicia nos advierte que otros lucharon para conquistarla, y estamos siempre en vísperas de que un enemigo remoto vuelva por ella, en el plano personal y en el colectivo. Trazamos feroces estrategias para conservarla en vez de preocuparnos por cultivarla para que no se extinga. Y a modo decorativo magnificamos actos de extrema violencia histórica para sentirnos seguros en zonas públicas.

Lo peor es que la violencia no muere con las personas violentas, es heredada y trasmitida incluso desde personas no portadoras de ella. Todos los habitantes de este país estamos influenciados por una cultura violenta. Estamos expuestos a recibir descargas de esta cultura, pero no lo interiorizamos porque los medios de comunicación nos venden otro aspecto de la patria. Sin embargo, la violencia es aprendida, por tanto, puede ser desaprendida y reemplazada por otros mecanismos, no destructivos, de solución de conflictos. Tenemos el potencial y las posibilidades de cambiar la situación forjando una cultura de paz.

Educar no es alfabetizar. La educación es el resultado de un número incalculable de pequeñas influencias, de palabras, de gestos, de aceptaciones y de rechazos. Por tanto, es imprescindible que todos los agentes educativos vayan en una misma dirección, en contra de una cultura de violencia. Los que ya no somos tan niños deberíamos desdoblarnos y valorar otras alternativas. Tenemos que lograr que los padres controlen la información que envían al cerebro de un menor. Se trata de conmover a los niños para que reaccionen y modifiquen sus comportamientos, sus actitudes, sus valores, sus conductas. De este modo, irán interiorizando soluciones no violentas y otras maneras de afrontar los conflictos. Mi propuesta es orientar la atención de las nuevas ideas hacia hechos que, aunque no locales, sean más relevantes para la formación de una cultura pacifista. Hablémosles a los niños sobre Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Madre Teresa de Calcuta y otros tantos, para que no nos alcancen los furiosos rayos de esta tormenta y el cielo se despeje cuanto antes.

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