SETENTA AÑOS ATRÁS…

✍🏻 Pedro Armando Junco
📷 Neife Rigau

Fue a comienzo de los años cincuenta la única vez que monté un tranvía, ya que aparecieron los ómnibus de pasajeros que los cubanos bautizaron guaguas. Hasta hoy solo se conservan, como reliquias de exhibición, algunos tramos de rieles que, por cierto, atentan contra la estabilidad de bicicletas y motos.

El tranvía remontaba la calle Independencia y en el parque Maceo torcía por la emblemática calle que lleva ese nombre hasta salir, dos cuadras más adelante, a la plazoleta de El Gallo. Para quienes no conocen a Camagüey, debo aclarar que la calle Maceo, la más representativa del desarrollo en la ciudad por esa época, en sus dos cuadras de extensión acumulaba lo más lujoso del comercio agramontino: el Gran Hotel, el Ten Cent, y las principales tiendas y peleterías de la ciudad: El Encanto, La Principal, El Globo…

Visitar la ciudad para quienes vivíamos en el campo representaba un viaje turístico. Por eso recuerdo la vez que mi madre pasó frente a La Principal conmigo de la mano. Yo era un parvulito de acaso cinco años. En el portalón de la peletería a donde me llevaban para comprarme unos zapatos, varios mendigos pedían limosnas. Eran realmente mendicantes: ciegos, tullidos, personas con discapacidad intelectual. A mamá le llamó mucho la atención una mujer de esta última característica que tenía entre sus manos una fuentecita con monedas dentro. Por esos años las monedas —a no ser los centavos y los medios— eran de plata. Y mi madre tomó de su bolso una peseta y me la dio para que se la echara en la vasijita a la pobre mujer. Partí muy decidido, me paré frente a la señora, pero al soltar la peseta me llamó mucho la atención una de las monedas que ella tenía en la escudilla, porque brillaba mucho; así que le eché garras y salí corriendo. Todavía recuerdo la sonrisa triste de la mendiga, pero no dijo nada. No es necesario contar el responso que me soltaron y el “mira, muchacho, devuelve eso a la señora”.

Recuerdo también cuando, ya crecidito, me llevaban a El Globo a comprar los uniformes del colegio a comienzos del curso. Allí estaban, en el departamento de uniformes escolares, los variados estantes de diferentes colegios repletos de camisas, blusas, pantalones, faldas, monogramas y corbatas de todos los colegios privados de la ciudad, en todas sus tallas. Recuerdo con cariño al dependiente Rolando, que desde afuera del establecimiento invitaba a los transeúntes con una sonrisa y amabilidad sin precedentes, hasta que pasaban a mirar las ofertas; ya dentro y con una locuacidad maravillosa, Rolando lograba casi siempre que compraran algo, pues era una rareza mirarlos marcharse sin algo adquirido. Por cierto, y perdónenme la digresión, fue allí donde Rolando conoció a mi estelar amiga Oílda Cedeño, quien lo acompañaría como esposa por más de medio siglo hasta su muerte.

Así era Camagüey en los años cincuenta. ¿Que existían mendigos? ¡Claro! Hasta en Suiza los hay. Pero hasta los mendigos eran personas honradas, golpeadas por algún capricho del destino.

Mi primo Tito, natural de la ciudad, me contaba la vez que fue en bicicleta a El Globo para comprar víveres. Dejó su bici a la orilla de la tienda y entró. Al salir del establecimiento pasaba el tranvía y se montó en él, olvidando por completo en qué había llegado hasta allí. Al amanecer del día siguiente se percató de su abandono y regresó a la tienda. Y, allí mismo, en el sitio de la acera donde la dejó olvidada desde el día anterior, su bicicleta lo estaba esperando.

Esta casona donde hoy resido tenía puertas muy grandes y pesadas. Mis tías Junco, quienes vivían aquí por esa época, nunca las cerraban por completo, porque la cocina y el comedor quedaba a cincuenta metros de distancia; si alguien llegaba de visita, en vez de tocar y esperar a que abrieran, simplemente entraba hasta la enorme sala de la casa y desde allí soltaba el saludo. Por las noches se colocaban dos pomos de cristal vacíos con una peseta dentro, a orillas de la puerta entrejunta, para que el vaquero de la finca Taburete los tomara vacíos junto a la peseta, colocara allí los dos litros de leche llenos y se marchara, sin necesidad de molestar a nadie en la casa.

Vi por aquellos tiempos que cuando montaba en la guagua una mujer, sin importar fuera más joven o más vieja, un caballero se ponía de pie y le brindaba el puesto. Y vi también unos años después, luego de la creación del “hombre nuevo revolucionario”, subir una dama anciana con bastón a un ómnibus repleto y al decir el chofer “¿dónde hay un caballero?”, escuchar la voz de un mozalbete responder: “caballeros hay, compañero; lo que no hay es asientos vacíos”.

Anécdotas como estas son poco creíbles para un joven de ahora y hasta es posible que nos diga mentirosos o nos suelte una trompetilla. Ese es el por qué escribo estos relatos, acaso poco literarios; porque es muy importante explicar a quienes los lean, que dejar hoy una bicicleta a unos metros de distancia de su dueño representa una potencialidad de hurto casi al seguro, que cerrar herméticamente una vivienda es invitar a que vacíen la casa, que encontrar a una esposa en una tienda y mantenerla a su lado hasta el fin de la vida parecen historias de ficción que destrozan el alma por dentro.

Los millones de hectáreas de tierra, hoy perdidas en marabú, podrán recuperarse; las casas y los edificios en ruinas a lo largo y ancho de la isla, podrán volver a levantarse; quizás una pequeña parte de la diáspora intente regresar a reconstruir este país con el sagrado intento de devolverle a Cuba la sencillez y la dignidad de aquellas generaciones de cubanos buenos. Pero la probidad, la honradez y la empatía ciudadana, serán tareas titánicas muy difíciles de lograr.

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