BLM: ¿TE IMPORTAN LAS VIDAS NEGRAS DEL 11J?

✍ Mario Ramírez

Cuando Black Lives Matter («las vidas negras importan», BLM, en inglés), el movimiento político y social que enarbola las banderas del antirracismo en Estados Unidos desde 2013, decidió salir en defensa de la supremacía blanca que desgobierna en mi país, Cuba, tras las protestas del 11 de julio, no podía creerlo.

No podía creerlo, ni puedo, mientras en Camagüey siguen presos, a raíz de las protestas, esos tres activistas de piel negra, Virgilio Mantilla Arango, Humberto (Kiko) Galindo Moya y Dixan Gaínza Moré, de los que hablaré más adelante.

No podía creerlo, lo confieso, porque nunca me ha importado demasiado un movimiento que defiende las vidas de unas personas en detrimento de las otras, en un país donde gran parte de la población que ustedes, BLM, defienden, es más racista que el gobierno al que continuamente atacan.

Yo, en cambio, vivo en una nación donde el racismo no es un mal tan popular como gubernamental, en la que miles de cubanos salieron el 11J a reclamar libertad, democracia, respeto a los derechos y posibilidades iguales para todos y cada uno de los cubanos, sin importar de qué color fuera la piel del otro.

Sinceramente, exigir el fin del bloqueo norteamericano y dar la espalda a centenares de vidas negras, blancas, amarillas y todas las variantes que hay en esta isla —da igual—, es algo que los deja muy mal parados, si no fuera porque nunca han dejado de estar en ese estatismo que sólo sabe protestar en un país donde están permitidos y garantizados todos los derechos.

¿Dónde estaban ustedes, por ejemplo, cuando murió Hansel Hernández Galiano, nuestro George Floyd, asesinado por la espalda por efectivos de la Policía Nacional Revolucionaria en 2020? Hansel era negro, pobre, y ni siquiera pudo respirar mientras corría delante de las balas, algo que muchos cubanos ya probaron de cerca por estos días.

Ustedes dicen defender a Cuba por el apoyo brindado por el régimen castrista a las naciones africanas en sus luchas de liberación. ¿Acaso ya le preguntaron a Angola, Mozambique, Guinea Bissau o Sudáfrica cuál fue el saldo de esas, llamémoslo por su nombre, intervenciones militares? ¿Ya oyeron al gobierno angolano pedir perdón este año por las vidas negras —y blancas, realmente no diferenciaron— cuyas muertes pudieron evitarse, mientras la dictadura cubana celebra años tras año sus hazañas genocidas?

¿O acaso están pagando una deuda con quienes le dieron asilo a su activista estrella, Assata Shakur (Joanne Chesimard), acusada y condenada en Estados Unidos por la muerte de un agente policial en 2017, cuando lideraba a las Panteras Negras?

De los sucesos del 11J, no sabemos de ningún manifestante, color de piel a un lado, que haya asesinado a una autoridad. Sabemos, sí, de la violencia desencadenada por el régimen, que sólo en apariencia parece no distinguir entre las razas.

Este 26 de julio, mientras cientos de miles en todo el mundo, incluyendo Washington, se solidarizaban con los participantes del 11J en Cuba, ustedes decidieron ratificar su apoyo al régimen, invitando a dar testimonio a personas que no sólo viven ajenas a la realidad cubana, sino que pareciera que viven instaladas en el Partido Comunista, donde, perdónenme, e ideologías a un lado, no se puede comprender al pueblo ni mucho menos mostrar una «solidaridad radical».

¿Es radical, por ejemplo, Nancy Morejón, una Premio Nacional de Literatura que afirma que el gobierno estadounidense es una «pandemia», peor que la de la Covid-19, mientras recibe premios y visita instituciones de ese país?

¿Es radical, por ejemplo, el profesor Roberto Zurbano, que promueve el diálogo racial pero condena al Movimiento San Isidro por «contestatario»?

¿Es que ustedes, BLM, no son también contestatarios?

En fin, no quiero extenderme en este asunto, porque a mí las vidas me importan sin distinguir la tez, y porque nací en la tierra del profeta que dijo «dígase hombre, y ya se han dicho todos los derechos».

Desgraciadamente todavía faltan por decir, o mejor, gritar, muchos derechos en Cuba, tal como hicimos en este mes de julio. La lista de los que pagaron y aún pagan este atrevimiento secular está publicada, y con un trabajo no demasiado minucioso podrían informarse sobre cuántas de estas vidas en prisión o con cargos judiciales injustos son negras, ya que tanto les importa.

De momento ya les adelanté los nombres de tres de mis conciudadanos presos el 11J en Camagüey, y que, además de compartir la dignidad, el deseo de ver libre a su patria y la valentía de defenderla, tienen también, dato relevante para ustedes, la piel negra.

Virgilio, Kiko y Dixan son opositores, pero no pertenecen a un mismo movimiento, y sobre todo sus filiaciones cívicas o políticas no están dictaminadas por diferencias raciales. Los tres han sufrido sanciones y condenas del régimen en otras oportunidades. Los tres son pobres y sí, negros, luchando en una ciudad del interior del país donde predomina abrumadoramente la población blanca.

Virgilio fue condenado en juicio sumario a 9 meses de cárcel, por segunda vez en menos de un año; Kiko es un hombre enfermo que pasó años en presidio y Dixan es un joven de 35 años que se ha opuesto toda su vida al sistema represor. A los tres les afecta el embargo, pero mucho más que eso la opresión de una dictadura que, para empezar, no permitiría nunca en Cuba un movimiento como el de ustedes. Entonces, BLM, ¿es que sus vidas no importan?

📷 Tomadas de los perfiles en Facebook de Virgilio Mantilla, Humberto Galindo y Dixan Gaínza Moré, y de la página oficial en Twitter de Black Lives Matter.

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