«¡HACÍA FALTA EL 11 DE JULIO!»

✍ Pedro Armando Junco

Tan solo de ver y escuchar en el noticiero nacional las declaraciones de dos policías apedreados en Camagüey el 11 de julio, me percato una vez más de que la imparcialidad está a la espera de sangre. ¿Y por qué silencio y omisión al desgarrador testimonio del sacerdote Castor Álvarez, cuando las pedradas a los policías sucedieron en el mismo lugar y al mismo tiempo? ¿Por qué esos mismos periodistas no contactaron con el padre Castor y le escucharon contar y transmitieron cómo un joven policía, luego de soltarle el batazo en la cabeza que lo bañó de sangre, quedó plantado frente a él sin fuerza moral para sostenerle la mirada?

No fue sino hasta las cercanías del estadio Cándido González donde hubo violencia en Camagüey, pues durante el recorrido de la marcha por la ciudad, los cientos de jóvenes camagüeyanos que la componían, con las manos limpias de armas, solo coreaban consignas: “Libertad”, “Patria y vida”, “Abajo el comunismo”…

El disturbio se produjo cuando la protesta pasaba al costado del estadio de béisbol, con intención de terminar sus reclamos frente a la sede del Gobierno Provincial. Ya la policía había recibido la autorización de Díaz-Canel para reprimir a los manifestantes pacíficos: “A la calle los revolucionarios”, “La orden de combate está dada”…

¿Por qué las piedras? Porque al intentar evadir el cerco policial, algunos participantes del grupo intentaron escabullirse por la pequeña brecha que ofrecía el muro del estadio; y allí comenzaron la lucha y los golpes de represores armados con bates de madera. A la izquierda de la avenida, la ancha rivera del Hatibonico colmada de guijarros… La siguiente escena es fácil de imaginar.

Luego han pretendido mostrar al mundo una realidad invertida: “los agresores fueron los manifestantes y los policías las víctimas”. Pero eso nadie lo cree. Luego también “implementaron” —palabrita que tanto les encanta— la eliminación de medidas tan absurdas como haber cerrado las calles y los negocios privados, tan agravantes como las multas excesivas, tan asoladoras como la persecución y decomiso a los vendedores privados.

Alguien me comentó pícaramente: “¡Hacía falta el 11 de julio! Ahora el mercado El Hueco está otra vez abarrotado de viandas, el bulevar de República ha reverdecido, los policías ni te paran aunque vayan tres en la motorina, ni preguntan al vendedor de papas a cuarentaicinco pesos la libra, de dónde las sacó”.

Por último, han prometido tres libras de arroz y un jabón adicional al mes. Nos meten por los ojos el barco vietnamita con una carga de arroz de no sé cuantos millones de toneladas, el del hermano pueblo mexicano con espaguetis, leche en polvo, aceite, harina y… uff, otro burujón de alimentos de regalo que, dicho sea de paso, y se recalca, va a ser entregado a los más de tres millones de núcleos familiares, de manera GRATUITA.

Lo cierto es que de los dos millones y medio de ancianitos que sobrevivimos al hambre, a la falta de medicinas, a la epidemia de la covid y a tantas cosas más que sacarían lágrimas, si acaso un millón puede que padezca de Alzhéimer, demencia senil, “encasquillamiento” ideológico, miedo acérrimo a la vuelta represiva de los años sesenta y otras enfermedades propias de la edad —quizás pueda tomarse como ejemplo las inusitadas muertes de varios generales seniles a raíz del 11J. Pero el resto de los viejos, más la mayoría de los jóvenes y hasta muchos adolescentes, no se tragan esas píldoras increíbles con que pretenden poner curitas a una herida que solo sanará con el vuelco total de un sistema que, aunque nunca ha funcionado, ahora da los últimos estertores de vida.

A nadie en su sano juicio podrán hacer creer que México y Vietnam nos alimentarán de por vida, que un presidente con pala en mano arrastrará a algún cubano a trabajar, que las mismas berenjenas que desde hace un año sacan todas las noches por el televisor se multiplicarán como los panes y los peces bíblicos. Hace más de un año ofrecí una fórmula para mejorar la economía del país en una carta escrita con mucho respeto al presidente, y la respuesta fue mi defenestración como miembro activo de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

Pienso que ya es muy tarde para eso. Mis consejos de hoy están en total armonía con los que buscan para el pueblo de Cuba una salida sin sangre y sin intervenciones foráneas:

1- Libertad inmediata para todos los presos políticos en la isla, puntualmente para los 124 que Prisoners Defenders ha computado tras las protestas del 11J.

2- Renuncia o sustitución del presidente Miguel Díaz-Canel por haber incitado a la violencia públicamente, al dar la orden de salir a la calle a enfrentar a manifestantes pacíficos, bajo la política excluyente de que “la calle es de los comunistas y revolucionarios».

3- Reconocimiento oficial de una oposición política y su derecho a existir, organizarse y manifestar sus demandas pacíficamente.

4- Derogación o enmienda de los artículos de la nueva constitución que sitúan al socialismo como único, plenipotenciario y eterno sistema de gobierno en Cuba.

5- Prohibición del uso de la fuerza y la violencia policial y paramilitar ante cualquier manifestación pacífica.

6- Aceptación de toda ayuda internacional urgente en alimentos y medicinas, teniendo como receptores de las mismas los escogidos por quienes las hagan llegar, ya sea el gobierno, las iglesias o las ONG, dispuestas a servir en la distribución.

7- Realización de un plebiscito nacional que decida por mayoría el destino político y social deseado por el pueblo de Cuba, además de libertad de prensa a los medios independientes para cubrir el proceso y difundir los resultados.

8- Elecciones libres y democráticas, supervisadas por cuantos organismos internacionales quieran servir de garantes.

📷 Tomadas de Reuters, AFP/ Adalberto Roque y AP/ Ramón Espinosa.

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