CRÓNICA DE UN PCR QUE NO EVOLUCIONÓ

✍ Freyser Martínez
📷 Policlínico Centro, en Camagüey (Nachely Rivero)

La semana pasada me dirigí con mi esposa al policlínico Centro, en mi ciudad, Camagüey, para realizarle un test rápido ante la sospecha de contagio con el virus de la covid. Sinceramente, el procedimiento fue rápido, ella desde la consulta me hizo una cruz con los dedos, y yo intuí que era algo de fe. Sin embargo, al salir supe lo que no quería creer: aquel gesto era la señal de que la prueba había dado positiva.

Quedé perplejo, sin saber qué decir, frente a la situación en que están los hospitales. Pero mi alarma quizás fuera apresurada, pues había que esperar el resultado del PCR, practicado tras dar positivo el test rápido o antígeno, como también se le conoce. Claro que, como ya no se hacen PCR evolutivos, lo que dijera este examen habría que tomarlo por ley y enfrentar los próximos días a la espera de su dictado.

En casa me mantuve atento a la presión arterial y otros síntomas que pudieran aparecer en mi esposa, además de la fiebre que la aquejaba. Contacté a la doctora del consultorio, a quien conozco personalmente, pero estaba aislada. Una gestión de ella hizo posible la comunicación con su suplente. Ya para entonces mi mujer había perdido el olfato y el gusto, lo que entre la población se maneja como una firma del coronavirus.

A la mañana siguiente pasó el joven de las pesquisas, sin mucho por hacer o diagnosticar —¿con qué? De todos modos, la doctora nos visitó esa mañana. Lo primero que hizo fue tomar nuestros datos y otros trámites burocráticos, luego nos preguntó sobre el estado de mi esposa y de los demás que vivimos en la casa. Muy amable y al mismo tiempo apenada, por no poder examinarnos a cabalidad, la doctora nos contó el rosario de dificultades que enfrenta en la atención diaria a sus pacientes.

Esa misma mañana no traía la sobrebata pues, después de cada jornada, debe llevarla al policlínico Centro para que sea lavada y, al día siguiente, ir personalmente a recogerla. Sólo posee una sobrebata y con esta tiene que pasar visitas a los que están enfermos o en vigilancia, a riesgo de llevar consigo el virus en esta ropa y esparcir el contagio.

Inquirimos por el día del resultado del examen y nos explicó que había retrasos en analizar las muestras, pero, de cualquier forma, no se estaba informando a los que resultaran negativos.

Al cuarto día, pedimos a varios amigos que tenían a su vez amigos trabajando en las bases de datos, que averiguaran por el resultado… y nada. Cuatro días usando nasobuco a toda hora es insoportable. Sin contar con los cortes eléctricos y el malestar general de una persona que está enferma. Llegó el sexto día, ya mi esposa sin fiebre, y la doctora decidió «darla de alta», por lo que quedamos en vigilancia, sin salir de nuestro hogar. En resumen, nos quedamos, como secuela, con la incertidumbre de si mi esposa, mi hijo, yo o alguien más de nuestro entorno tuvo el virus o no.

Cabe preguntarse, como moraleja de esta historia: ¿cuál es la estrategia en no dar el resultado del paciente negativo? Eso, sobreentendiendo, como nos dijo la doctora, que la ausencia del resultado entraña el no contagio con la covid. Al fin y al cabo, ¿no es un derecho saber qué nos provocó el mal rato? O en todo caso, enterarnos de que estamos sanos, con lo cual nuestros niveles de tensión habrían bajado, en esta larga espera de catorce días de enclaustramiento, entre la incertidumbre y el estrés.

Pero dónde hallar lógica en este estado de cosas, en el que un médico no tiene sobrebatas suficientes o un estudiante de medicina pesquisa sin poder pasar más allá del «¡buenos días!». Si tuvimos covid es algo que no sabremos a ciencia cierta en esta ocasión, aunque la ciencia incierta de la prensa oficial y los dirigentes insistan en la alabanza de crónicas que, mucho peores que esta, escriben una novela de terror.

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