LA NUEVA ERA REVOLUCIONARIA

✍ Mario Ramírez 
📷 Reuters/ Alexandre Meneghini

Escrita con injustificadas mayúsculas desde hace más de seis décadas, presentada como un fracaso en 1930, arrebatada por el Norte en 1898, colérica e irreflexiva en la fecha que recordamos hoy: 10 de octubre de 1868, para los cubanos la palabra “revolución” ha sido siempre un estigma. Una buena parte de nosotros ha mostrado un desinterés casi raigal por el fiel de la balanza que equilibra los extremos, y sólo unos pocos han entendido la entrada en una nueva era revolucionaria como una opción postrera.

Este estigma y la inevitabilidad histórica en la que por error pecamos la gran mayoría nos conduce a los siempre perniciosos polos del imán: reacción y revolución, derecha e izquierda, todo por eludir el centro al que como nación estamos destinados. Y la evidencia de ese centro es aplastante y luminosa: Varela, Agramonte, Martí… Pero vayamos al grano. 

Hasta 1959, como reacción nos faltó ímpetu, como revolución nos desbordamos. No reaccionar a tiempo a los males que le iban naciendo a la joven república que construíamos, nos condujo a la revolución violenta que echó por tierra el monumento ganado primero con sangre, pero luego con trabajo, civismo y espíritu. Empezamos, una vez más, de cero. Un cero al que se sumó el cansancio de las sucesivas revoluciones y el ímpetu —del que es glosa nuestro himno nacional— se trocó por la pasividad, la vesania y la inercia de una sociedad en ruinas.

He allí la paradoja de la revolución. “Estamos construyendo el socialismo”, se nos decía y aún hoy rumora alguna lastimera voz. Pero lo cierto es que no estábamos construyendo nada, o mejor dicho, estábamos construyendo la nada que paró en la decepción y el exilio. A diferencia de algunas campañas de la época republicana que querían barrer con lo mal hecho, el proceso del ’59 quiso borrar de golpe y porrazo todo lo logrado hasta entonces, y nuestra filiación ciega a este propósito nos pasó factura demasiado pronto y por sobrados años.

Mientras la revolución de 1868 fue el parteaguas del que emergimos al fin como nación; mientras en 1898 no se perdía nada pues se ganaba la independencia y las bases que había cimentado Martí estaban intactas; mientras en el ’30 no se fracasaba, sino que el país iniciaba un proceso de enriquecimiento material y cultural pasmoso, la debacle del ’59 no tenía razón de ser y era por tanto evitable.

Desde entonces unos pocos hemos combatido esa revolución retórica y raquítica a riesgo de nuestras vidas y reputaciones. Al principio por la misma vía revolucionaria, sin comprender el agotamiento de esa vía y sus consecuencias nefastas, que terminaron alimentando al monstruo; más tarde por oposición a todo lo que el monstruo representaba. Como en la Francia de finales del XVIII, rápidamente se nos colgó la etiqueta, no de reaccionarios, que era decir muy poco, sino de contrarrevolucionarios, que servía mejor a la dialéctica del odio que ha sido su sostén.

En una lectura reciente encontré esta frase del conde de Maistre, crítico de la Revolución francesa y enemigo ulterior de Napoleón: “Una contrarrevolución no es una revolución contraria, sino lo contrario de una revolución”. La sentencia es tan exacta y premonitoria de lo que siguió, con la verdadera revolución nacida de las barricadas del pueblo francés en el XIX, que dan ganas de recuperar la perdida influencia de Francia en nuestra amada isla. Hemos hecho y seguimos haciendo contrarrevolución, como la opción más digna al alcance de nuestras manos, en espera de la barricada espontánea que sacuda al terror y corone como legítimo monarca al pueblo, del que, como intuyó Martí, es hija la revolución.

El 11 de julio pasado, una barricada de una punta a otra del país despertó la conciencia nacional hacia una nueva era revolucionaria. Puede argüirse, ad absurdum, que se trataba de unos pocos, en contraste con los que continúan durmiendo el letargo, pero la realidad es que la revolución moral está en marcha y ni siquiera precisa del escenario de la calle para someter al verdugo. Un grupo de entusiastas se postula para repetir la hazaña en noviembre, otro grupo promueve la huelga nacional como golpe definitivo, otros, desde sus casas el 11J —y entre ellos centenares de madres y familiares de los que sí salieron y fueron reprimidos— miran con impaciencia el futuro inmediato. El régimen anuncia la militarización y aguza la guillotina esquirlada por la protesta. Saben lo que profetizaba Gastón Baquero cuando aún estábamos a tiempo: “la revolución es el verdugo que muere en manos de otro verdugo”. La opción postrera le pertenece al pueblo.

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