EN HONDA: CRÓNICA DE UNA CALLE

✍ Pedro Junco López
📷 Nachely Rivero

Caminar de mañana por la calle Honda nos remonta a dos siglos atrás. Es como viajar en el tiempo: una sensación de nostalgia nos invade el espíritu y hasta parece que los antepasados se adueñan de nosotros.

La calle Honda está situada en el corazón del casco histórico de mi amada Camagüey. Más transitada por peatones que por vehículos automotrices, permite a la gente sacar hasta las puertas de sus casas cuantos tarecos y comestibles desean vender; y por esa mansedumbre de su lentitud vehicular, la prefieren ciertos bicicleteros que pasan pregonando —a veces hasta en parejas— con una caja plástica o una tanqueta en la parrilla: “los buenos filetes de clarias”, “el rico puré de tomate” o “la legítima salsa mayonesa” a granel, más cuantos tipos de viandas, aliños, frutas y vegetales hayan llegado al mercado de El Hueco esa mañana.

Pudiéramos asegurar que no hay más que llegarse hasta la calle Honda y conseguir lo necesario para cocinar un almuerzo proletario. El problema está en los precios. Una col en cien pesos, la mazorca de maíz a diez o en su defecto dos pequeñísimos tamales por veinticinco… no todos los bolsillos lo soportan.  

Es la paradoja de la oferta frente a la miseria. Porque ni todo transeúnte puede adquirir lo que necesita a precios tan elevados, ni todo el que se desprende de lo que puso a la venta lo hace por la sobreabundancia, sino con el propósito de paliar con ese dinero las perentorias necesidades de su familia.

La calle Honda es la más genuina representación de mi ciudad, aunque en ella se multiplique y se descubra la miseria poblacional en sus hombres descamisados y en chancletas, ancianas mirando al vacío desde las puertas de sus casas, niños al lado de su madre en plena acera junto a un cartel que anuncia refrescos y cigarrillos a precios astronómicos, para luego, con ese dinero comprarle al vendedor ambulante unos filetes de tilapia o de claria, o picadillo de sabe Dios qué cosa, para resolver el almuerzo del día.

Viven sumergidos bajo el hipnotismo de un mundo ficticio que apenas ofrece un “hoy” difícil y un mañana inexistente; maquinalmente resignados a ese día a día, como si la existencia no ofreciera otras prerrogativas. 

Este es mi Camagüey de hoy. Mi doliente Camagüey. Por eso, en esta ambigüedad de criterios que me embarga, quisiera preguntarles: ¿cuántos de esos ciudadanos que vi esta mañana sorteando las penurias en la calle Honda —que para colmo tiene por nombre oficial “24 de febrero”— saldrán vestidos de blanco el 15 de noviembre para decirle al régimen que basta ya de mentiras, de manipulación y de frenar el desarrollo del pueblo cubano?

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