RÉQUIEM POR RAÚL RIVERO

✍ Pedro Junco López
📷 Getty images

Parecía un remolino que arrastraba gente cuando lo vi venir sobre el amplio lobby del hotel Sevilla. Caminaba en medio del grupo de curiosos y admiradores hacia donde yo lo estaba esperando; Morciego le había dicho que un camagüeyano discutiría un testimonio en el Debate Nacional de Talleres Literarios y se interesaba en conocerlo. Esa mágica palabra, “camagüeyano”, lo trajo como imán a nuestro primer encuentro. Corría el mes de diciembre de 1985.

Oriundo de Morón, nunca disoció a Ciego de Ávila de lo que fuera el legendario Camagüey. Y quizás por eso me contó la vez que Nicolás Guillén visitó su tierra natal por vía aérea, cuando ya era internacionalmente conocido como el Poeta Nacional de Cuba. Me contó que él participó en ese recibimiento entre una cordillera de carros que fue hasta el aeropuerto. Más o menos fueron estas sus palabras:

—A mediados de la Avenida Finlay se detuvo la caravana y minutos después un mensajero llegó hasta mi carro y dijo: “Raúl, Guillén detuvo el cortejo porque quiere que vayas a verlo un momento”. Así lo hice, llevado más por el asombro que por otra cuestión y al acercarme a la ventanilla del presidente de la recién fundada UNEAC, me concretó: “Recuerdo la primera vez que vine a Camagüey antes de ser una personalidad muy reconocida y fuiste tú el único que vino a recibirme. Por eso he detenido la caravana: para darte las gracias”.

En el Hurón Azul, una noche de refrigerio entre miembros de la UNEAC, alguien le pidió que nos recitara algunos de sus “epitafios” preferidos y mucho reímos al escuchar el que había escrito por la muerte de Alejo Carpentier. Eran una especie de aforismos críticos y comiquísimos sobre diferentes personalidades del momento. Estaban inéditos; espero no se hayan perdido.

Muchas anécdotas más podría contar de este hombre que recién murió justo el día de mi cumpleaños. Era tan aficionado a la buena comida que recuerdo la vez que lo invité a una mesa bufet en el Hotel Nacional donde me hospedaba. Fue por esos años cuando el Hotel Nacional era asequible a nuestros bolsillos y una mesa bufet costaba siete pesos. Escogimos la mesa cercana a la cajera, por donde teníamos que pasar obligatoriamente cada vez que repitiéramos a servirnos nuevos platos. Tantas veces cruzamos frente a la muchacha de la caja, que hizo fijación en nosotros y nos miraba con picardía por las tantas repeticiones.

En mis reiterados viajes a La Habana, luego de recibir yo el premio David, siempre conté con su apoyo gracias a su nomenclatura en la dirección nacional de la UNEAC. Él fue quien reseñó la contraportada en la primera edición de “La furia de los vientos”.

Luego “cayó en desgracia” cuando firmó la “Carta de los diez”. Para colmo fundó la agencia de prensa independiente Cuba Press y, tras sufrir muchas arbitrariedades de la dictadura, fue condenado a veinte años de cárcel en 2003, durante la Primavera Negra, los que pudo sortear luego de algún tiempo de encierro, por razones de salud y la presión internacional en su caso.

Que descanse en paz el gordo Rivero. Otro de los tantos que descubrió a tiempo la mentira del régimen, y de los que más hizo para mostrar a los cubanos la verdad.

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