APARTHEID TROPICAL

✍ Freyser Martínez

Desde hace décadas el cubano ha sido víctima de una penosa discriminación social, resultado del fraudulento slogan de la revolución del ’59 que intentó emparejar a todos en un igualitarismo ramplón. Tras el derrumbe del campo socialista en Europa del Este, la profunda crisis de los noventa, la creación de tiendas para canjear por productos de primera necesidad, las «shoppings» en divisa y la apertura al turismo internacional, se acentuaron las divisiones de clases, lo que volcó patas arriba la pirámide de la sociedad.

Nuestra situación actual es un déjà vu, la misma película, la continuidad: tiendas en una moneda cuasi extranjera, con la que no se pagan los salarios de los ciudadanos, nos dividen entre los que pueden acceder a los productos y los que no, como antes nos separaba la frontera a los nacionales de los turistas.

El discurso oficial enarbola la idea de un “socialismo” justo y próspero, con igualdad y respeto a las diferencias. No solo se dice aquí y allá, si no que se revindica su amparo constitucional. Nada, el cuento de nunca acabar. Después del ’59 y durante muchos años el propio Fidel Castro afirmó que en Cuba no se cometían tratos inhumanos u otros tipos de violencia contra la ciudadanía, al tiempo que se activaban los actos de repudio contra los que se atrevían a levantar la voz crítica.

Pasados los años la dictadura despierta a ese vulgar Frankenstein, bautizado como si se tratara de un autómata para disfrazarlo: “actos de reafirmación revolucionaria”. Parecería gracioso, pero no lo es. Un grupo de personas, muchos comprometidos con las prebendas del sistema, otros bajo coacción, otros, los peores, fanáticos, agreden con gritos, insultos de toda índole y chabacanería a sus confráteres.

Cabe preguntarse si es esa la justicia social, la igualdad y el respeto del que se habla tanto. No se puede construir un país a base de injusticia, impunidad, discriminación. De esa forma no construimos; dividimos y engendramos los sentimientos más bajos.

Un acto de repudio es un acto cobarde, solo practicado por la desesperación de un régimen débil que busca infundir el miedo y alentar a los sentimientos más primitivos de los hombres. A nivel político es la figura de una política despótica y arcaica, incompatible con los derechos humanos o la idea de dignidad plena de hombres y mujeres.

Construir una sociedad es con todos y no con unos pocos. La discriminación por opción política en Cuba es parte de esa larga lista de discriminaciones a la que hemos sido sometidos los cubanos durante décadas, y que el régimen emplea para desviar la atención sobre las causas del malestar social y el atraso. Ese Frankenstein que hoy deambula por nuestra patria, habla peor de su creador que de la bestia misma. No se puede poner corazón en un cuerpo sin alma.

📷 Facebook Live (captura)/ Saily González Velázquez (momento del acto de repudio contra la activista santaclareña el pasado 15 de noviembre)

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