EL EVANGELIO CUBANO DE OSWALDO PAYÁ

✍️ Mario Ramírez
📷 Funerales de Oswaldo Payá (AFP/ Adalberto Roque)

Oswaldo Payá Sardiñas fue asesinado hace 10 años en una carretera del oriente de Cuba, donde en el futuro habremos de erigir un monumento. Cuando murió, o mejor dicho, cuando la dictadura cubana decidió quitarle la vida, este grandísimo hombre contaba seis décadas bien aprovechadas de existencia. Había formado una familia con su esposa, Ofelia Acevedo, y tres hijos, Rosa María, Reinaldo Isaías y Oswaldo José. Había fundado el Movimiento Cristiano Liberación en la isla y llevado adelante los proyectos Heredia y Varela, este último con el resultado de reunir a más de 11 000 firmas ciudadanas que pedían formalmente cambios en el sistema. Fue merecedor del premio Andrei Sajarov a los Derechos Humanos del Parlamento Europeo, en 2002 y candidato al Nobel de la Paz en cinco ocasiones (2002, 2003, 2008, 2010 y 2011). Logró aunar una multiplicidad de voces, inédita desde los tiempos de Martí, en su Programa Todos Cubanos, y se mantuvo fiel a la fe católica heredada de sus padres.

Estos son, grosso modo, los hechos del apóstol al que una multitud de fieles despidió en el verano ardiente de 2012, mientras su cuerpo atravesaba la parroquia del Cerro, en La Habana, en su última batalla espiritual por la libertad de Cuba. Afuera, un operativo policial, similar a los desplegados en la Primavera Negra de 2003, trataba de impedir la entrada al templo de los seguidores de Oswaldo, aquellos que habían recibido el evangelio del líder. Un año atrás el octogenario Castro, en vías de extinción, apuraba sus fuerzas asesinas para ultimar a Laura Pollán, cabeza y alma de las Damas de Blanco, y en una década al menos dos presos políticos habían muerto en huelgas de hambre en cárceles del régimen. Junto con Oswaldo, perdió la vida aquel fatídico domingo el joven Harold Cepero, brazo derecho del adalid, en lo que Castro quiso pasar como un simple “accidente de tránsito”. La muerte se cernía sobre quienes osaran remover la enquistada revolución castrista, que ensayaba una salida a la profunda crisis económica con una discreta apertura al mundo. 

Payá, nacido unos días antes del golpe de estado de Batista, parecía escogido por el destino para el difícil papel que representó. De joven supo rechazar las prebendas de una militancia en el Partido Comunista de Cuba y resistió los tres años de trabajos forzados con los que el régimen cobraba el cadalso a religiosos, homosexuales, disidentes y otros outsiders del sistema. Había decidido permanecer a toda costa y no lo haría de una manera pasiva, sino entregado a una vocación que primero se reveló cívica, para luego decantar en una vena política impetuosa, del mismo caudal que alimentó a otros próceres cubanos, desde el santo Varela hasta el malogrado Chibás. Sin embargo, de este ingeniero que reparó equipos de electromedicina hasta la víspera de su muerte, puede decirse lo que quizás no fuera aplicable a tal cabalidad en ningún otro: Payá no ejercía la acostumbrada suplencia de nuestros hombres cívicos, a los que el destino arrastra postergando las ansias en aras del deber, sino que tenía la capacidad de simultanear deber y ansias en una sola dirección lúcida: el establecimiento de la democracia en Cuba por un camino que garantizara la paz y el acuerdo de todos los cubanos. 

¿Se puede rehusar semejante mandato del alma? No, rehusar no es propio de los profetas, respondería para sí el líder, al punto que sube en la madrugada al auto que lo llevaría al santuario de El Cobre, en Santiago de Cuba, en un viaje que no podía imaginar —¿o quizás sí?— crístico. No llegará a su destino físico, para cumplir con un destino más alto, ese que siempre intuyó y que modeló todas sus acciones. Su obra, de la que mucho se habla y se hablará en los tiempos venideros, alcanza su plenitud en ese instante que marcó un parteaguas en la lucha política de los cubanos. Oswaldo sabía que quedaba mucho por hacer, que el camino estaba maltrecho y habría que reparar antes de colocar nuevos cimientos, que era necesario sanar y persistir en la esperanza antes de plañir nuevas heridas y derrotas. Uno no sabe si es a Ofelia, a la vida o la patria a quien Oswaldo cantaba esos versos de The Beatles durante el viaje: “Oh! Darling, if you leave me / I’ll never make it alone” (¡Oh, cielo! Si me dejas / Nunca podré hacerlo solo). 

Para el que quiera ver lo que significó el 22 de julio de 2012 para Cuba, sobre todo para los que como yo no lo vivimos en plena conciencia, léanse los editoriales que por la fecha y en días posteriores dedicó la prensa internacional y la incipiente prensa libre de la época. Se sorprenderá queriendo añadir numerosos pies de notas, colofones y escolios a las reseñas sobre proyectos y discursos de Payá. Ya en vida el líder obligó al mayor de los Castro a llevar a cabo un chapucero e inconstitucional referendo para establecer el carácter “irrevocable” del socialismo cubano, vista la amenaza de las estrategias legales de Payá. En lo sucesivo, tanto Raúl Castro como Díaz-Canel seguirían esa ruta profiláctica, con el temor de que el espíritu redivivo de Payá les hiciera tambalear la mesa del poder. El Proyecto Varela había abierto una brecha en el burocratismo y la prédica del hombre de pueblo avizoraba la inevitable rebelión. Reunidos alrededor del féretro, la cúpula de la Iglesia despertaba. Por eso no puedo estar de acuerdo con los que sentenciaron la no utilidad de su muerte. Un católico como Oswaldo no lo creería, como tampoco lo creyó Martí: “otros lamenten la muerte necesaria: yo creo en ella como la almohada y la levadura, y el triunfo de la vida”.

✅ Síguenos en Twitter (@LaHoradeCuba20), Instagram (lahoradecuba) y en nuestros canales de Telegram y YouTube (La Hora de Cuba).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *